Alguien Toca la Puerta

Abrirla cambiará tu vida.

¿Qué es buscar a Dios? Tal vez pensamos que buscarlo es solamente pedirle cosas, pero esa sería una manera muy limitada de verlo ya que Dios tiene mucho más de lo que podríamos imaginar. Si supiéramos lo bueno que es permanecer con Él en todo momento, ¡no lo soltaríamos!

Se trata de involucrar a Dios en cada área de nuestra vida: Trabajo, escuela, familia, relaciones, pasatiempos. Es más que solamente buscar un momento o un instante, es permanecer en contacto con Él. ¿Cómo vamos a hacer esto? Primero, necesitamos conocerlo más, saber qué espera de nosotros y vivirlo.


También lee: Alguien Te Está Observando


Ni Frío Ni Caliente

“¡Mira! Yo estoy a la puerta y llamo. Si oyes mi voz y abres la puerta, yo entraré y cenaremos juntos como amigos”. (Apocalipsis 3:20 NTV)

Si hacemos una encuesta, muchas personas nos van a decir que creen en Dios. Sin embargo, muchas de esas personas permanecen en la distancia, son espectadores. Creer no significa que estemos realmente involucrados y comprometidos.

Buscar a Dios no se trata solamente de algo emocional que nos haga sentir bien, es una decisión diaria. Nuestra más grande motivación debe ser conocerlo más, saber más de Él. Orar, asistir a la iglesia, leer la Biblia, todo eso es mucho más que una simple rutina, es oxígeno para nuestro espíritu.

Estas palabras fueron dirigidas a personas que creían pero no se involucraban. Ni frío ni caliente. Aquí Jesús dice que nosotros debemos tomar la decisión de abrir la puerta, de buscarlo más. Cuando somos persistentes en buscar a Dios, vemos resultados y eso se refleja en nuestra vida.

¿Levantarse o Seguir Durmiendo?

“Yo dormía, pero mi corazón estaba atento, cuando oí que mi amante tocaba a la puerta y llamaba: «Ábreme, tesoro mío, amada mía, mi paloma, mi mujer perfecta. Mi cabeza está empapada de rocío, mi cabello, con la humedad de la noche»”. (Cantares 5:2)

Para los amantes de la poesía, Cantares es el mejor libro. Aquí, cuando se refiere a su “amada”, Dios está hablando de nosotros, Su iglesia. Y así como una historia de amor, Dios nos da a entender que Él nos llama, nos busca, pero a final de cuentas nos ha dado la llave de la puerta para que nosotros tomemos esa decisión de ir y abrirle.

“Pero yo le respondí: «Me he quitado el vestido, ¿por qué debería vestirme otra vez? He lavado mis pies, ¿por qué debería ensuciarlos?»”. (Cantares 5:3)

Te habrá pasado que, alguna vez en la mañana, alguien ha tocado la puerta de tu casa mientras sigues en tu cama calientito y en pijama, ¿verdad? Y lo primero que piensas es: “No me quiero levantar, aquí estoy muy a gusto”. ¡La comodidad es peligrosa! Así nos pasa muchas veces, porque creemos en Dios y lo tenemos presente pero siempre a lo lejos. Estamos tan cómodos escondiendo a Dios en una cajita y sacándolo cada vez que necesitamos algo, y no queremos cambiar, ni comprometernos a buscarlo y servirle.

Seguir a Cristo nos cuesta todo, y esa es la parte que no queremos hacer. Esa flojera espiritual es la que nos vuelve apáticos y, cuando Dios nos llama, somos lentos y buscamos cualquier excusa para no levantarnos.

“Le abrí a mi amado, ¡pero él ya se había ido! Se me desplomó el corazón. Lo busqué pero no pude encontrarlo. Lo llamé pero no tuve respuesta”. (Cantares 5:6)

Volvamos al ejemplo de estar en pijama, acostado en tu cama mientras tocan la puerta. Digamos que, después de pensarlo un poco, te levantas, vas sin muchas ganas y muy apenas logras acomodarte el cabello. Cuando llegas a la puerta, abres y ya no hay nadie. Este es un momento bastante fuerte cuando se trata de Dios. Si nosotros no abrimos la puerta, habrá alguien más que sí lo haga. Él nos da la oportunidad de actuar. ¿Qué vamos a hacer? Es como una cadena: Una reacción inmediata refleja obediencia, y la obediencia es consecuencia de la fe. Para actuar correctamente, primero necesitamos creer.


También lee: Un Corazón como el de David


La Verdadera Pasión

“Restaura en mí la alegría de tu salvación y haz que esté dispuesto a obedecerte”. (Salmos 51:12)

¿Qué te apasiona? Existen muchas cosas en este mundo que son objeto de nuestra pasión. Para muchos es el fútbol o algún deporte; para otros el cine, libros, o quizás alguien. Todos tenemos algo que disfrutamos hacer, que enciende nuestro corazón, se desborda y nos da un momento de alivio.

Voy a poner como ejemplo el deporte. Sabemos que para llegar a ser bueno y conseguir algo, se necesita esfuerzo, sacrificio, disciplina. Los futbolistas tienen una pretemporada en la cual se les acondiciona físicamente a través de entrenamientos muy duros, todo esto con el fin de estar listos para el torneo y lograr su objetivo: Un campeonato. El proceso es pesado. De hecho, no siempre se tienen ganas de entrenar, pero se tiene pasión y, a final de cuentas, todo esfuerzo tiene su recompensa.

En el área espiritual muchas veces queremos que ese “campeonato” se obtenga sin esfuerzo alguno. No podemos profundizar en nuestra relación con Dios si no existe ese anhelo, esa pasión por conocerlo. Ese fuego en el corazón es lo que nos va a mantener luchando día con día, buscando estar cerca de Él. Ese fuego viene de Dios mismo.

¿Por qué razón podríamos perder la pasión en algo? Por un fracaso, tal vez. En algún punto nos alejamos de Dios, le fallamos y, en lugar de corregir, tiramos la toalla y ese fuego se va apagando. Pero tenemos un Dios fiel, y en este versículo David le pide que restaure esa pasión que perdió. Así como un corredor no se detiene a pesar de la fatiga en su cuerpo, de la misma manera un espíritu apasionado y lleno de Él va a llevarnos a obedecer aunque nuestra carne nos diga lo contrario.

Claro que habitar en la presencia de Dios trae muchos cambios positivos y bendiciones a nuestra vida, pero no podemos pretender obtener todo eso alejados de Él. No se puede tener un cristianismo sin Cristo. Busquemos siempre estar conectados con nuestro Creador.

Límite de Tiempo

“Salté para abrirle la puerta a mi amor, y mis manos destilaron perfume. Mis dedos goteaban preciosa mirra mientras yo corría el pasador. Le abrí a mi amado, ¡pero él ya se había ido! Se me desplomó el corazón. Lo busqué pero no pude encontrarlo. Lo llamé pero no tuve respuesta”. (Cantares 5:5-6)

Ya vimos que Dios llega y toca a nuestra puerta, pero cuando deja de hacerlo es tiempo de preocuparse. Creo que todos conocemos ese dicho: “Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”.

Muchas veces pensamos que Dios va a estar siempre a la puerta, sin importar el tiempo que tardemos en abrir, pero todo tiene un límite. Cuando le damos más importancia a nuestra comodidad, a nuestro egoísmo, se va a levantar alguien más con un corazón dispuesto a sacrificarse y vamos a perder nuestra oportunidad. Nosotros no somos indispensables para Dios, pero Dios es indispensable para nuestra vida.

No se trata de cumplir requisitos, o hacer las cosas por simple rutina, más bien se trata de anhelar estar cerca de Él y amarlo por encima de todo lo demás. Nuestro temor más grande debe ser fallarle.

Dios no va a obligarnos a abrir la puerta, esa es una decisión que nos ha dejado a nosotros. Buscarlo más nos va a preparar, y cuando llegue a tocar la puerta, vamos a estar listos para abrir sin titubear. Él es nuestro Creador, y sabe cuando lo estamos buscando con un corazón sincero.

Seguir a Cristo siempre traerá algo nuevo a nuestra vida, es algo emocionante y también es un compromiso que requiere mucha pasión. Él está tocando a la puerta, ¿vas a levantarte a abrir?

Categorías
Crecimiento Espiritual
¡Sé el primero en comentar sobre este artículo!

Deja Un Comentario

¡Entérate!

Suscríbete a nuestro correo semanal.

*Que no se te pase.