Muro

Tu bendición se encuentra detrás del muro de Jericó

¿Estás dispuesto a derribarlo?

Ahora, Jericó estaba cerrada, bien cerrada, a causa de los hijos de Israel; nadie entraba ni salía. Mas Jehová dijo a Josué: “Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra. Rodearéis, pues, la ciudad todos los hombres de guerra, yendo alrededor de la ciudad una vez; y esto haréis durante seis días. Y siete sacerdotes llevarán siete bocinas de cuernos de carnero delante del arca; y al séptimo día daréis siete vueltas a la ciudad, y los sacerdotes tocarán las bocinas. Y cuando toquen prolongadamente el cuerno de carnero, así que oigáis el sonido de la bocina, todo el pueblo gritará a gran voz, y el muro de la ciudad caerá; entonces subirá el pueblo, cada uno derecho hacia adelante” (Josué 6:1-5 RVR1960).

El pasaje en Josué relata una historia impactante sobre el pueblo de Israel que forma parte importante de su historia. Dios les dio una victoria contundente y de manera increíble. Jericó era una ciudad rodeada por un muro. Era una ciudad cerrada, difícil de penetrar. Sin embargo, Dios les da una victoria sobrenatural. Dios giró instrucciones. Les ordenó rodear la ciudad, darle vueltas  por un determinado tiempo, gritar y… ¡el muro cayó! Dios les mandó que entraran cada uno derecho hacia adelante. Así fue la manera en la que Dios concedió la victoria a Su pueblo.

Dios le mandó a Su pueblo destruir Jericó. Este era como un enemigo. Dios le había llamado al pueblo a salir de Egipto, cruzar el desierto y llegar a la Tierra Prometida. Sin embargo, cuando el pueblo salió de Egipto, Jericó fue una de las primeras ciudades que tuvieron que tomar. El pueblo llegó y la destruyó de una manera poderosa; fue una intervención de Dios muy clara.


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Israel eres tú

Dios quiere sacarte de Egipto, de una vida de esclavitud.

La vida del pueblo de Israel es un símbolo de la vida cristiana. Dios quiere sacarte de Egipto, de una vida de esclavitud. Quizá hayas dejado el mundo y ahora caminas en los propósitos de Dios. Sin embargo, esto no es fácil. No es algo que se va a dar nada más por que tengas ganas. Caminar y alcanzar los propósitos de Dios cuesta, pero Aquél que te ha sacado del pecado y de Egipto es Dios.

Jesús pagó por tu vida en la cruz. Gracias a ese acto ahora puedes ser libre y aspirar a una vida nueva a través de la salvación y al perdón de tus pecados. En Dios hay una vida nueva. Él quiere hacer cosas nuevas en ti. Ya no vivas del pasado. La salvación es gratis y, sí crees, la puedes tener. A ti y a mí no nos cuesta. Solo debes creer que Él es el Señor y que Él es Dios.

Jesús dio Su vida por ti y por mí. El Señor vino, se hizo hombre y pagó en la cruz. Él ganó la batalla. Venció a la muerte y al pecado. Aplastó a Satanás y lo exhibió públicamente. La maldición más grande, la muerte, Jesús la ganó cuando resucitó al tercer al día.

Tú no tuviste que pelear por tu salvación. Tú eres más que vencedor por Aquél que nos amó. Sin embargo, aunque la salvación es gratuita para el que cree, las bendiciones no lo son. Las bendiciones cuestan; cuestan obediencia.

Derriba los muros en tu vida

La bendición de Dios viene cuando vivimos conforme a Su voluntad, conforme a Su propósito. Cuando el
pueblo de Israel llegó a la tierra prometida (sí, a ese lugar donde Dios quería que ellos vivieran) no lo vas a creer, pero estaba ocupada. Ahí había 31 reyes y pueblos habitando esa tierra. No creas que fue porque el pueblo llegó en un tiempo que no era. Así era el plan de Dios. Josué y el pueblo se encargaron de los 31 pueblos que había ahí y entonces repartió la tierra entre el pueblo.

El enemigo tiene que ser echado fuera.

En Deuteronomio 28:15-68 se nos habla sobre las consecuencias de la desobediencia. Cuando tú eres cristiano, te topas con cosas que hay que derribar en tu vida porque ya no son del agrado de Dios. Te debes dar cuenta que en tu corazón hay territorios ocupados que tienen que ser destruidos. El enemigo tiene que ser echado fuera.

Cuando conoces al Señor, sucede que Dios te libera de cosas en tu vida que te tenían atado. Cosas con las que estabas luchando. Dios hace cosas poderosas y es con Él que comienzas a experimentar cambios en tu corazón y en tu vida. Algunos cambian su carácter; otros dejan vicios y hábitos. El Señor trae victorias y cambios sobrenaturales a tu vida. Cosas que antes hacías, ya no vuelven más, desaparecen. Decidiste cortar y cambiar. Quizá dejaste la apatía, el desánimo o una mala actitud.

De esta misma manera le pasó al pueblo de Israel. Tú, sí tú, eres un testimonio vivo de que el Señor transforma. Lo que parecía casi imposible de cambiar, quizá el Señor ya te ha ayudado a cambiarlo. Jericó tenía muros enormes y anchos; eran muros que parecían imposibles de derrumbar (humanamente imposible). Jericó se sentía segura de que nadie los podía vencer, pero no contaban con el Dios de Israel. Hay muchos enemigos en tu vida que se sentían muy seguros, pero vino el poder de Dios y te libró.


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No reedifiques lo que el Señor ha derribado

En aquel tiempo hizo Josué un juramento, diciendo: “Maldito delante de Jehová el hombre que se levantare y reedificare esta ciudad de Jericó. Sobre su primogénito eche los cimientos de ella, y sobre su hijo menor asiente sus puertas” (Josué 6:26).

Josué estaba tan convencido de la obra de Dios y estaba tan alineado a la voluntad del Señor que hizo ese pacto de maldecir a aquél que volviera a edificar a Jericó. Josué y el pueblo no fueron quienes destruyeron la ciudad, fue Dios. Las cosas de las que Dios te ha liberado, no fuiste tú, si no Él.

“En su tiempo Hiel de Bet-el reedificó a Jericó. A precio de la vida de Abiram su primogénito echó el cimiento, y a precio de la vida de Segub su hijo menor puso sus puertas, conforme a la palabra que Jehová había hablado por Josué hijo de Nun”.  1 Reyes 16:34

Lo que Josué había dicho, se cumplió. Hubo una persona a quien se le ocurrió edificar lo que Dios había destruido. Si Dios te rescató del pecado, no vuelvas a edificar lo que Dios derrumbó. ¡No vuelves a las cosas pasadas! Si Dios te sacó de la amargura, del resentimiento o de la mentira, no vuelvas. Quien reedifica lo que Dios ya transformó, atrae maldición a su vida. No puede haber bendición en tu vida si vuelves a levantar lo que Él ya quitó. 

Haz un ejercicio, ¿qué cosas te ha mandado Dios cambiar en tu vida? ¿Qué tipo de amistades o relaciones te pidió que cortaras? ¿El Señor te ha hecho cambiar ciertos hábitos? Ahora, ¿estás permitiendo que el enemigo te provoque otra vez en esas cosas para reedificarlas? Si lo estás haciendo, estás abriendo una puerta de maldición en tu vida. Sí, has leído bien. Una puerta de maldición en tú vida. Necesitas cuidar tu corazón; necesitas guardar tu tierra prometida.

No vuelvas atrás

No reedifiques Jericó, ni tomes selfies mientras lo haces.

Imagínate, ¿por qué Dios no quería que se reconstruyera Jericó? ¿Por qué quiere que esté en ruinas? Sí, para que cuando voltees a ver, no se te antoje regresar. Debe ser un recordatorio que tiene que permanecer derribado en tu vida. Debe quedar derrumbado en ti como recordatorio del poder de Dios y como testimonio de lo que Él ha hecho. Si tu vuelves a levantar eso en tu vida, vas a ser un tropiezo para los que vienen detrás de ti observándote: tu manera de hablar, tu testimonio (familia, amigos, compañeros de trabajo).

No reedifiques Jericó, ni tomes selfies mientras lo haces. Si Dios te ha dicho que lo derribes, ¡hazlo! Si Dios te dijo que lo destruyeras, destrúyelo. No debe quedar piedra sobre piedra. Nada. Ni siquiera debe haber indicios de reconstrucción. ¿Hay indicios de reconstrucción en tu corazón? ¿Deseos incorrectos? Dios te está viendo y Él no puede ser burlado. Si quieres bendición, esta tendrá un precio.

La bendición cuesta

Dios ya te ha bendecido con todo tipo de bendición. Hay bendiciones en abundancia para ti pero hay que pagar un precio y ese precio es la obediencia.

Lo que Dios te habla, hazlo. Sé obediente. Si Dios te está diciendo que dejes ese pecado, relación o hábito, ¡hazlo! Él no lo hace para desanimarte, lo hace porque te ama y porque sabe que, si tú lo permites, va a traer maldición a tu vida. Él como Padre de amor no quiere eso, sino que te quiere ver en bendición. Quiere que seas cabeza y no cola. Quiere que lo sigas en todas las cosas. La bendición ya está dada. Es una promesa de Dios para ti. Estoy seguro de que tú quieres bendición en todas las áreas de tu vida. Pero eso cuesta. Algunos se molestan porque no ven la bendición de Dios en su vida y comienzan a culpar a los demás.

Toma tu bendición

Tú eres responsable de tu propio corazón. Eres responsable de tu bendición. Si no hay bendiciones en tu vida, es porque no te has alineado o quizá porque no te has humillado al Señor.

“Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”. 2 Crónicas 7:14

No comiences a culpar a los demás por tu condición. Si tú amas a Dios y te tomas de Él, prepárate porque Dios es fiel y abre las ventanas y derrama bendiciones hasta que sobreabundan. Dios es eterno y quiere derramar bendiciones asombrosas sobre tu vida. Si no te ha llegado la bendición, la culpa no es de nadie más sino solo tuya. Es tu responsabilidad; el problema es tuyo. Depende de ti avivar el fuego de tu corazón. Cuídate de ti mismo.

La Biblia dice que el corazón es engañoso y perverso (Jeremías 17:9). No permitas que en tu corazón se reedifique Jericó. Quizá has cortado cosas en tu vida, pero no las has cortado por completo. Quizá hayas dejado piedra sobre piedra. Tal vez solo es un poco, pero tumbar todo es tumbar todo y no dejar nada. No puedes seguir alimentando el vicio. Quizá haya una flama, pero la única flama que debe arder en tu vida es la de Jesucristo. No alimentes la carne. Alimenta tu espíritu con la verdad de Dios. Derriba Jericó y haz tuya la promesa de bendición en tu vida.

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Viviendo en Cristo
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