Codicia

Codicia: La gravedad de las comparaciones

Dios tiene un plan para ti, no busques el de los demás.

Estamos viviendo tiempos diferentes; pero el pecado cumple el mismo propósito: desviarnos de Dios y hacernos perder el propósito que Él tiene para nosotros. Hoy quiero hablarte del pecado de la codicia. Un pecado que desvía tu atención de lo que Dios ha hecho contigo y de lo mucho que Él te ha bendecido. Todos en este mundo tenemos tendencia a compararnos con los demás. Muchos de nosotros podemos estar sufriendo y luchando al día de hoy en nuestro corazón por no tener lo del otro. Ahora más que nunca, cuando vemos en las redes sociales la vida perfecta de los demás, nos hace desear aquello que no tenemos; hay mucha envidia, competencia y celos, pues en las redes se muestran vidas enriquecidas, aunque esto no sea verdaderamente así.


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Las comparaciones nos frenan a vivir una vida Espiritual plena

El tema de la codicia es un tema importante para Dios; Él desea que seamos libres de eso, pues solo así podremos enfocarnos en lo que Él ha hecho en nosotros. Desgraciadamente ahora vemos la codicia como un pecado muy común. Olvidamos la importancia que éste tiene y que evita que recibamos aquello que Dios quiere darnos. Me impresiona ver cómo las comparaciones nos frenan a vivir una vida espiritual plena, nos evita crecer y madurar espiritualmente e incluso, nos expone a la obra del enemigo en nuestras vidas. Tan importante es para Dios este tema que lo incluyó en los primeros 10 mandamientos que Dios le dio a Su pueblo cuando declaró: “No codiciarás…” (Ex. 20:17 Reina Valera Revisada 1960). A continuación, te presento un ejemplo de cómo este pecado se hizo visible incluso en uno de los discípulos más cercanos a Jesús:

“De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; más cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme. Volviéndose Pedro, vio que les seguía el discípulo a quien amaba Jesús, el mismo que en la cena se había recostado al lado de él, y le había dicho: Señor, ¿quién es el que te ha de entregar? Cuando Pedro le vio, dijo a Jesús: Señor, ¿y qué de éste? Jesús le dijo: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú” (Jn. 21:18-22).


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La Codicia de Pedro

Pedro era el discípulo más impulsivo y emocional. Cuando Jesús le advirtió que él lo negaría tres veces, el declaró que jamás haría semejante cosa. Sin embargo, cuando los fariseos prendieron a Jesús, Pedro incluso lo negó maldiciendo. Los historiadores dicen que fue debido al miedo que sentía de morir como Jesús. Después de la muerte de Jesús, él mismo se les aparece mientras Pedro y Juan estaban pescando. Hay algo curioso en esta historia; ya que los discípulos se encontraban quebrantados por la muerte de su Señor y Jesús, en vez de llegar a Pedro con palabras de ánimo y esperanza, le dicta su forma de morir y declarando “…más cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme”. (Jn. 21:18-19).

“Pasamos nuestra vida viendo ¿quién tiene más o quién tiene menos?”

¡Qué increíble! Pedro huía de esa forma de morir y el Señor le hace saber que moriría igual que él. El problema se encontró en la codicia de Pedro al voltear a ver a Juan y preguntar a Jesús: “¿y qué de este?” (Jn. 21:21). En vez de centrarse en lo que Jesús haría con los demás debió haberse enfocado en la Palabra que el mismo Rey le daba en ese momento. Pero no, su codicia lo llevó a compararse antes de sentirse privilegiado con la declaración de Jesús. Sinceramente, ¿qué tan lejanos estamos nosotros de esta reacción? Pasamos nuestra vida viendo quién tiene más o quién tiene menos. Pero hoy Dios te da una respuesta, la misma respuesta que Jesús le dio a Pedro en ese momento: “¿qué a ti? Sígueme tú”. (Jn. 21:22)

Deja que Dios haga Su voluntad en tu vida

Y es que, ¿qué explicación tendría que darnos Dios respecto a lo que tenemos o no tenemos? Si en verdad fuésemos conscientes de que hay una historia diferente y original para cada uno de nosotros, podríamos empezar a disfrutar cada detalle que el Señor tiene con nosotros vez tras vez, día a día. A Dios le importa lo que Él hará contigo. Cuando creas esta verdad, entenderás que el codiciar, el compararte y sentir celos no hará que Dios te bendiga; no hará que los cielos se abran. Por el contrario, habrá muchas bendiciones que estarán esperando ahí, sin ser entregadas, a causa de tu corazón codicioso. Dios hace lo que Él quiere y Él es bueno, Su voluntad es perfecta y agradable; Él quiere lo mejor para ti y Él diseñó un plan especialmente adaptado para ti.


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2 aspectos importantes respecto a la comparación:

 La comparación acarrea maldición a nuestras vidas

El compararnos produce dos sentimientos: Superioridad o inferioridad. Si nos sentimos superiores, tenemos orgullo en nuestro corazón; si nos sentimientos inferiores, hay inseguridad. Dios no quiere que tengamos ninguno de estos dos sentimientos. Pablo declara lo siguiente: “no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Ro. 12:3).

  • Compararnos produce enojo hacia Dios. ¡Así es! Y tal vez digas: “¡No, yo no estoy enojado con Dios!”. Pero, ¿cuántas veces no has creído que no tienes lo que mereces? Hasta puedes llegar a creer que es injusto lo que tienes. Sabemos que Dios tiene todo bajo control; y muchas veces al ver que otra persona está mejor que nosotros, pensamos, ¿por qué Dios lo permite? ¿por qué Dios lo bendice a él más que a mí? En el fondo pensamos que esto confirma que Dios lo prefiere más a él que a mí. Puedes llegar a creer que esa persona es más espiritual y que por eso Dios le responde a él de diferente manera que a ti. Piensas que Dios tiene favoritos y te molestas porque ves que a otro le da lo que tú quieres. Debes tener cuidado, podrías llegar a odiarte a ti mismo por creer que no estás cumpliendo los estándares de Dios; sin embargo, Él nos ha llamado a andar en amor, siempre.
  • Compararnos le abre la puerta al diablo. ¿Tan grave es? Sí, así de grave. “…Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa”. (Ver Stg. 3:14-16) El compararse es algo serio. El deseo de Dios es que ninguno de nosotros esté bajo este sentimiento pues esto nos impide disfrutar lo que Dios tiene para cada uno.

La raíz de la comparación es la envidia

Una de las razones por las cuales la gente entregó en las manos de Pilato a Jesús fue por la envidia. “Y Pilato les respondió diciendo: ¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos? Porque conocía que por envidia le habían entregado los principales sacerdotes” (Mc. 15:9-10).

¿Te fijas cómo verdaderamente la comparación y la envidia tiene una consecuencia?

Y todavía hay más:

  • Falta de aceptación. Hay algo que tenemos que tener bien claro en todo esto: Dios nos hizo a todos diferentes, y lo que una persona no tiene, la tiene la otra, por eso somos un cuerpo con funciones totalmente distintas. Dios repartió a cada uno como Él quiso y nos puso para complementarnos. Cada quien tiene un propósito, una marca distinta; y Dios te hizo como te hizo y te dio lo que te dio con un propósito. Deja de compararte con los demás y acéptate como Dios te hizo. Tú, así como eres, eres especial. Dios no se equivoca.
  • Falta de identidad. No entender que eres un hijo de Dios es un problema muy grave. Esto ocasiona que sientas inferioridad e incluso superioridad en tu corazón. Buscamos satisfacer nuestros corazones luchando por obtener lo que los demás tienen, y desenfocamos nuestra mirada de todo aquello que Dios ha hecho por nosotros. Hoy en día, hay tantas cosas que puedes encontrar en las redes sociales que es fácil terminar obsesionándote y perdiéndote. Si sigues queriendo vivir la vida de otros podrías terminar perdiendo tu salvación. Dios te ha bendecido desde lo alto, tienes un banquete delante de ti preparado para ser disfrutado por ti.
  • Falta de apreciación. La codicia es avaricia y egoísmo disfrazados. Estos sentimientos nos hacen pensar: “quiero lo que él tiene”. Porque una cosa es apreciar las cosas que el otro tiene, pero otra cosa es luchar y decir: “¿por qué yo no lo tengo?”. La codicia nos hace pensar que no nos gusta aquello que Dios nos ha dado; la ingratitud sale a flote y nos pasamos pensando que lo que tenemos no es aquello que queremos para nosotros mismos

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¿Cómo ser Sanados de la Codicia?

Pablo nos habla sobre personas que habían conocido al Señor y desviaron sus corazones a cosas deshonrosas (Ver Ro. 1:21-25). Estos versículos nos dan la clave para lo que no debemos de dejar de hacer:

  • Glorificar a Dios. “No le glorificaron como a Dios” (Ro. 1:21) Si quieres ser sanado de la envidia, no debes dejar de exaltar a Dios en tu vida. Cuando hablamos de exaltar a Dios, es levantarlo por encima de ti mismo y de las cosas que normalmente levantas. Debemos dejar de levantar la envidia y la codicia por encima de Dios. Si quieres ser libre de las comparaciones, deja de exaltar lo de otros y empieza a exaltar a Dios.
  • Ser agradecidos. “Ni le dieron gracias” (Ro. 1:21). No se te olvide que siempre habrá gente que tiene menos que tú y que está en peores condiciones que tú, que no vive y no hace lo que tú haces y sobre todo, que no conoce al Señor. Lo más importante y lo que vale la pena ya lo tienes: La Salvación y la presencia de Dios en tu vida. Dale gracias por quien eres, dale gracias por tu cuerpo, por tu familia, por tu trabajo; y también comienza a dar gracias por lo que aún no tienes.
  • Guardar nuestros pensamientos. “Se envanecieron en sus razonamientos” (Ro. 1:21).
    Nosotros no estamos llamados a razonar lo que Dios hace (ni lo comprenderíamos),
    estamos llamados a llenarnos de la Palabra de Dios, de sus promesas, de sus palabras de amor y de ánimo para nuestras vidas. Llénate de todo lo que Dios ha dicho de ti. “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Ro. 8:32).

Dios Nos Da Libertad

Dios no quiere que nada impida en nosotros el alcanzar el propósito para lo cual fuimos creados”

Pedro terminó por superar la comparación y abrazó lo que Dios tenía para él y declaró lo que Jesús le había dicho. Dice la historia que Pedro fue crucificado, tal como Jesús le había declarado. Dios no quiere que nada impida en nosotros el alcanzar el propósito para el cual fuimos creados. Cada persona es distinta, no pienses que tu vida va a ser igual a la de tu amigo o amiga, hay una historia para ti escrita por la mano de Dios. Abraza la Palabra de Dios en tu vida, es algo especial; algo hecho a la medida; es algo para ti.


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