¡Cuidado con la Incredulidad!

Un poquito de levadura impregna toda la masa.

“De hecho, sin fe es imposible agradar a Dios. Todo el que desee acercarse a Dios debe creer que él existe y que él recompensa a los que lo buscan con sinceridad”. Hebreos 11:6 NTV

Quiero hablar acerca de la importancia de creer y confiar en el Señor en todo momento.  Tenemos que ver que en nuestros corazones haya realmente una plena confianza en el Señor. Necesitamos ver la mano de Dios cuando pasamos por circunstancias, por decisiones o por situaciones difíciles de salud en donde dependemos de Su intervención. Ahí es donde nuestra fe es probada. Si no cuidamos que en nuestro corazón no haya incredulidad, esa poquita duda puede brotar en un momento y llegar a apartarnos de los propósitos de Dios hasta que, finalmente, perdamos la mayor bendición que Dios tiene para nuestras vidas: Que Él obre en nosotros.

Estaba leyendo que en el estado de Colorado, Estados Unidos, están los restos de un gran árbol de cuatrocientos años. No fueron las tempestades las que tumbaron este gran árbol, tampoco fue una tormenta ni el viento. Lo que lo tumbó fueron unos pequeños insectos, los cuales podrías pisar y aplastar fácilmente, pero estos insectos empezaron a comerlo desde adentro hasta que lo secaron y acabaron con él. La incredulidad puede tener el mismo efecto en el fondo de nuestro corazón y, si permanece ahí, puede llegar a secarnos, tumbarnos y apartarnos de lo que Dios quiere hacer en nuestras vidas.

Si no tenemos cuidado, podríamos llegar a ser como algunos cristianos que van a la iglesia y alaban al Señor pero que no están viendo la gloria de Dios en sus vidas porque, en el fondo, realmente no creen que Dios puede hacer grandes cosas. Yo te pregunto, ¿Dios podrá hacer grandes cosas en tu vida? ¡Definitivo! Dios puede hacer grandes cosas, pero solamente en los que en Él creen, en los que en Él confían.


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Jesús detecta un problema

“Pero los discípulos se habían olvidado de llevar comida y solo tenían un pan en la barca. Mientras cruzaban el lago, Jesús les advirtió: «¡Atención! ¡Tengan cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes!»”. Marcos 8:14-15 NTV

Vamos a analizar este pasaje. Pareciera que era como cualquier cosa, como un acontecimiento sin importancia. Se les olvidó echar el lonche. Bueno, pues, a cualquiera le puede pasar. Pero para Jesús no era un acontecimiento cualquiera. Él vio una alerta en sus corazones. No se trataba solamente de la falta de comida, Jesús vio un problema en la manera de pensar de los discípulos, un problema de actitud.

¿Por qué les advierte que se cuiden de la levadura de los fariseos y Herodes? Ya en dos ocasiones Jesús había multiplicado el pan para alimentar a las multitudes que lo seguían. ¿Recuerdas esas historias? Primero alimentó a cinco mil y después a cuatro mil. Después de que realizara esos milagros, hubo pan de sobra pero no sabemos dónde quedó. Esta vez no había pan y solo un precavido recordó traer. Siempre hay uno de esos. El verdadero problema era que, después de haber alimentado a miles, ellos aún tenían una preocupación acerca del alimento.

Se les había olvidado la enseñanza de saber que Jesús era su proveedor. No era un problema de memoria. “Ay, sí, se nos olvidó que alimentaste a nueve mil”. ¡No! Era un problema al que Jesús le llama “la levadura de los fariseos”.

¿Qué es la levadura?

“¡Esa falsa enseñanza es como un poquito de levadura que impregna toda la masa!”. Gálatas 5:9

La levadura es un pequeño pero poderoso hongo que hace crecer la masa. A lo que se refiere Jesús con la levadura es a la influencia corrupta de los fariseos. ¿Cuál era esa influencia? Sí, era la incredulidad. Un poco de incredulidad o una pequeña actitud incorrecta en tu corazón pueden echar a perder la bendición de Dios para tu vida. Mientras tanto, los discípulos continuaban discutiendo acerca del pan sin entender lo que Jesús les quería decir.

En los versículos anteriores a esta historia podemos ver cómo Jesús se perturbó ante las exigencias de los fariseos para que realizara alguna señal milagrosa. Él les contesto: “Les digo la verdad, no daré ninguna señal a esta generación” (Marcos 8:12). ¿Cuál era el problema de los fariseos? Que aún viendo los milagros, no creían.

Los fariseos no amaban a Jesús ni buscaban relacionarse con Él; ellos solo querían tentarle. Él podía levantar muertos y aún así no creerían. Iban a seguir sin el deseo de conocerlo, con o sin señales. La realidad es que hoy en día no por ser cristianos estamos excentos de esa levadura de los fariseos. En la iglesia cristiana mucha gente sigue buscando señales y pruebas para poder creer. Dios no nos ha llamado a seguir señales; nos ha llamado a seguirlo a Él.

Si entendemos o no entendemos su propósito, debemos permanecer firmes y confiar sabiendo que Él es el Señor.

Jesús estaba decepcionado de los fariseos. Él estaba decepcionado de aquellos hombres que, haciéndose llamar “intérpretes de la ley“, estaban lejos de entender el corazón del dador de la ley. Estaban cegados espiritualmente.

La verdad es que la fe no pide señales. La fe simplemente es confiar y descansar en el amor y en el propósito de Dios. En la iglesia, en ocasiones, vemos gente que pasa por pruebas difíciles como enfermedades o la muerte de un familiar. A veces uno no tiene palabras para explicar lo que ocurre porque no entendemos el propósito de Dios por completo, pero de algo sí podemos estar seguros: Dios es bueno y para siempre es Su misericordia. Si entendemos o no entendemos su propósito, debemos permanecer firmes y confiar sabiendo que Él es el Señor.


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Una Actitud Equivocada

¿Qué pasó con los discípulos? ¿Tenían la misma actitud que los fariseos? Sí, tenían la misma actitud porque no estaba creciendo su fe. A pesar de que vivieron la multiplicación de alimentos, subieron a la barca preocupados porque solo traían un pan. Jesús quiso advertirles acerca del peligro de los pensamientos terrenales. Tenemos que cuidarnos porque nosotros somos hijos de Dios. Hemos sido comprados por precio y llamados para un camino más excelente. Él nos ha llamado para ver Su gloria y manifestar Su poder en nosotros. No podemos permitir que en nuestro corazón se filtre ningún pensamiento de este mundo de incredulidad ni de duda porque nuestro Dios es verdadero y fiel.

La alabanza y la exaltación al Señor es lo que nos ubica y nos pone en el lugar correcto para saber que Él es poderoso y grande.

Así como la levadura, estos pensamientos pueden impregnarse en nuestra percepción de la vida diaria. En las circunstancias que vivimos y en las decisiones que debemos tomar, pasamos por situaciones y dilemas con consecuencias a largo plazo y es entonces cuando quiere venir esa “levadura” de incertidumbre.

Tal vez estás atravesando circunstancias que vienen acompañadas de temor o duda. En esos tiempos es importante alabar, glorificar y exaltar el nombre del Señor. La alabanza y la exaltación al Señor es lo que nos ubica y nos pone en el lugar correcto para saber que Él es poderoso y grande. A veces nos distraemos viendo el tamaño del problema o la grandeza de la dificultad, pero no vemos ni el tamaño ni la fidelidad del Dios a quien servimos.

La incredulidad endurece el corazón

En el capítulo 6 de Marcos se nos explica que los discípulos “todavía no entendían el significado del milagro de los panes. Tenían el corazón demasiado endurecido para comprenderlo” (51-52). ¿Cuántas cosas ha hecho el Señor en tu vida? ¿Ha hecho algo? ¿Ha provisto o sanado? ¿Estará tu corazón endurecido con incredulidad? ¿Qué más necesitaremos ver para creer y depender completamente del Señor?

Jesús estaba preocupado por sus discípulos. Él estaba genuinamente consternado por la condición de sus corazones. No se trataba solamente de andar con Jesús como si fuera campaña política y formar parte del comité para aparecer en todas las fotos de primera plana. El Señor los invitaba a que no dependieran ni de los milagros ni de las señales sino solo de Él mismo.

Nosotros confiamos en que la Palabra de Dios es la misma ayer, hoy y por siempre.

Hoy en día nos enteramos de que la situación para el pueblo de Dios ha ido empeorando alrededor del mundo. Sin embargo, Dios sigue siendo el mismo; Él no cambia. Al contrario, en estos tiempos donde el mal está en aumento y la oscuridad está más densa es donde, con mayor razón, debemos cuidar nuestro corazón y mantenernos firmes creyendo en el Señor con todo nuestro ser porque Dios no va a avergonzar a quienes en Él confían.

Muchos cristianos se han llenado de la levadura de este mundo. La incredulidad se manifiesta en que ahora se le llama bueno a lo que Dios nos dice que es malo. Nosotros confiamos en que la Palabra de Dios es la misma ayer, hoy y por siempre. Debemos tener cuidado con nuestro corazón porque nuestro Dios es celoso. Nuestro Dios no cambia.

Estaba leyendo acerca de la vida de Mark Twain, escritor y humorista americano. Este famoso hombre se casó con una mujer llamada Oliva Langdon. Ella era creyente, sin embargo, cometió el error de casarse con él, quizás por su popularidad. Digo error porque Mark Twain, cuyo nombre en realidad era Samuel Langhorn, no creía en Dios. De algún modo, ella pudo mantener su vida cristiana casada con él. Tristemente, Oliva recibió mucha influencia por el estilo de vida de su marido hasta que su fe comenzó a menguar. Además de esto, vivieron circunstancias muy difíciles. Tuvieron cuatro hijos pero uno de ellos murió muy pequeño y dos de sus tres hijas tuvieron el mismo fin pero ya jovencitas. Oliva dejó de leer la Biblia y de buscar a Dios. Incluso su marido se sintió mal de verla tan triste. “Si te conforta apoyarte en tu fe cristiana, hazlo”, le dijo Twain. A esto, ella contestó: “No puedo, ya no tengo ninguna”. Un poco de levadura impregna toda la masa.

“Estas [señales] se escribieron para que ustedes sigan creyendo que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, al creer en él, tengan vida por el poder de su nombre”. Juan 20:31

¿No nos ha dado Dios suficientes evidencias de que Él es Dios? ¿Necesitamos más? El Evangelio fue escrito para que todos pudieramos creer. Nosotros creemos en el Señor Jesús no por lo que Él hace en nuestras vidas sino por todo lo que Él es. Él es el Señor, nuestro Salvador. Creemos que murió en la cruz por nosotros y que pagó por nuestros pecados. Es Dios sobre todas las cosas. No hay nada que se levante delante de Él. Es sobre todo principado y potestad. Jesucristo es suficiente. El Señor es el alfa y la omega, el principio y el fin. La fe de un cristiano maduro es una fe que no se mueve por señales o por circunstancias sino por saber que Jesús es la roca de nuestra salvación. Él es seguro y firme. En Él no nos movemos.

No necesitamos grandes manifestaciones ni grandes evidencias sino simplemente saber que Él es el hijo de Dios. Él pagó el precio por nosotros y cumplirá Su propósito en los que en Él confiamos. Jesús le dijo a Marta y a María: “¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios?” (Juan 11:40). No es una cuestión de situaciones o acontecimientos, sino una cuestión de actitud, de corazón y de confiar en el Señor completamente.

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Viviendo en Cristo
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