Muros

Un Templo sin Muros

Es hora de mostrar el amor verdadero al mundo.

Quiero hablarte brevemente acerca de un edificio. Este edificio no fue construido en nuestro país, sino en Israel. Lo llamaban el templo. En los tiempos antiguos Dios le entregó los planes del templo a David, pero le advirtió que sería construido por Salomón, su hijo. Este fue un templo impresionante. Una vez terminado, Dios le habló a Salomón en sueños y le mostró el propósito de ese lugar.

En 2 Crónicas 7: 15 y 16 se establece el propósito:

“Mis ojos estarán abiertos y mis oídos atentos a cada oración que se eleve en este lugar. Pues he elegido este templo y lo he apartado para que sea santo, un lugar donde mi nombre será honrado para siempre. Lo vigilaré sin cesar, porque es muy preciado a mi corazón” (NTV).

 

¡Esto era algo súper profético en ese instante! Era una noticia asombrosa porque hasta ese momento nadie podía saber dónde, ni con quién, ni cuándo Dios se podría manifestar.

En aquél tiempo, en el Antiguo Testamento, no todo el mundo se podía relacionar con Dios, porque había algo llamado pecado que nos separaba de un Dios Santo. Dios escogía a un David, a un Samuel o a un Josué pero no todo el mundo podía tener una relación con Dios.

La noticia del templo de Salomón se convirtió en una revolución porque, por primera vez en la Biblia, Dios estaba conectando Su presencia a un lugar físico, abierto para todos.

Al día de hoy este templo se encuentra destruido, pero la esencia, lo que Dios profetizó, no se puede destruir, sigue todavía en pie.

“Nosotros somos el templo del Dios viviente”. 2 Corintios 6: 16

 

¿Qué quiere decir que tú y yo somos el templo? Dios todavía tiene conectada Su presencia a ese lugar físico. Ahora ese lugar físico es tu cuerpo y mi cuerpo. ¿Quiénes son el templo? Todo aquel que recibe a Cristo como su Señor y Salvador se constituye como un templo andante y viviente.

En el Antiguo Testamento solo había un templo. En el Nuevo Testamento con Jesucristo, hay muchísimos templos. Ahí donde estás, tú eres un templo del Dios vivo.

Anteriormente tenías que viajar, tenías que moverte para poder llegar al templo que construyó Salomón. La bendición de hoy es que el templo se mueve porque tenemos piernas. Podemos llevar este templo a todos lados. El templo es visible, la presencia de Dios esta con Él.

Quiero hablarte de tres cosas que en el tiempo de antes eran una verdad y que necesitan ser una realidad en nuestros días.


También lee: Templos Vivientes


1. El Templo Era Visible

Si construyéramos hoy un templo con las medidas exactas de aquél en Jerusalén, sería una construcción impresionante; sería un lugar súper visible. Hoy los israelitas presumen que, con la tecnología que poseen, pueden levantar el templo en solo tres días, pero como en el lugar se encuentra una mezquita, siguen esperando y van a pelear por ese pedazo de templo para reconstruirlo.

¿Por qué te estoy contando esto? La Palabra dice que tú y yo somos el templo de Dios, el cual está vivo. Dios dijo que Su presencia, Su corazón, Sus ojos y Sus oídos estarían en ti para siempre. Así como ese templo era visible, hoy necesitamos que los jóvenes cristianos se hagan visibles nuevamente.

Tenemos un montón de cristianos invisibles. Nadie sabe que aman a Jesús. Nadie sabe que ahí hay cientos de templos escondidos. Tenemos que hacernos visibles en las calles, en nuestras escuelas, en nuestros trabajos y en nuestras casas. Creo con todo el corazón que debemos poner en alto el templo de Jesús en nuestras vidas.

Te voy a contar una historia sobre Johan. Este joven fue a un campamento y al terminar hizo un compromiso con Jesucristo: le dijo que haría un templo visible en su colegio. Al salir de ahí se tomó una selfie muy cool y mandó imprimir unos cincuenta pósters con el texto: “Yo soy cristiano, pregúntame por qué”. Todos comenzaron a buscarlo. En dos días Johan pudo compartir un mensaje de salvación a cuarenta chicos; en dos días cuarenta chicos recibieron a Jesús como su Señor y Salvador porque alguien puso en alto el templo.

Nos estamos escondiendo. Este es un tiempo donde más que nunca el templo necesita ser visible. Hoy hay una minoría (ponle la etiqueta que quieras) que pensaríamos que es una mayoría porque hacen mucho ruido pero no lo es, la diferencia es que se hacen visibles.

Jesús dijo que somos la luz del mundo y debemos estar en un lugar visible. Nosotros que tenemos la verdad nos escondemos, pensamos cosas como: “¡Que nadie sepa que soy cristiano! Así me la llevo bien, que me sigan invitando y vean que soy buena onda”.

“De la misma manera, dejen que sus buenas acciones brillen a la vista de todos, para que todos alaben a su Padre celestial”. Mateo 5:16

 

Es como si Jesús dijera (si hubiera sido argentino, como yo): “Che, dejá que todos vean la gloria, por favor, no seamos invisibles. ¡Mostráte donde estés, que se vea que me amás con todo el corazón!”.


También lee: ¿Cristiano Genuino o en Apariencia?


2. El Templo Como Casa de Oración

Al antiguo templo no iban por el oro, sino porque era un lugar de oración. Muchos estarán pensando que a los jóvenes no nos gusta orar. Pero no estoy hablando de una oración religiosa, por temor al castigo. Te hablo de una oración relacional, amistosa. Jesús nos dijo que fuéramos prácticos, que oráramos en nuestro cuarto. Se trata de una oración práctica, relacional, comunicativa, cercana, una oración que trae resultados y que no es religiosa.

Les contaré otra historia. Mady conoció a Jesús como su Señor y Salvador decidió convertirse en una casa de oración andante. Hizo una lista de las 10 personas más complicadas de su colegio, los más pesados y problemáticos. Ella dijo: “Voy a empezar a orar por cada uno de ellos, primero por el número uno y cuando el número uno conozca a Jesús, seguiré con el número dos”.

“Pasaron cinco segundos para que Dios contestara su oración”.

El número uno, el chico más pesado, súper burlón, se burlaba de ella simplemente por ser cristiana. Él decía que odiaba a Jesús. Mady dijo: “Yo oraré por él”. Entonces un día este chico comenzó a tener una picazón por Jesús; empezó a pensar mucho en Jesús y se comenzó a asustar; se empezó a incomodar. Durante el día Jesús era su primer y último pensamiento. Llegó un momento en el que decidió hacer esta extraña oración: “Dios, si vos existís hacé que ahora vomite”.

Pasaron cinco segundos para que Dios contestara su oración. Él cuenta después que estuvo doce horas continuas vomitando. Ese chico terminó ese día en el baño de su casa entregando su corazón a Jesús. Ese día le habló por teléfono a Mady para buscar más de Dios. Mady le contó que llevaba semanas orando por él y que tenía una lista con otros 9 chicos. Decidieron que juntos orarían por el resto.

En seis meses, ocho chicos de los diez de la lista habían recibido a Jesús en su corazón. No eran jóvenes que habían dejado de asistir a la iglesia, o que sus padres servían en la iglesia. Estoy hablando de personas difíciles, muy populares y, al mismo tiempo, las más burlonas del colegio, ellos conocieron a Cristo porque un día se levantó una chica que dijo que iba a ser una casa de oración andante.

Necesitamos gente que haga oraciones prácticas. Si algo carecen los jóvenes de hoy en día es esa falta de relación con Dios en la oración.


También lee: No Hay Cristiano sin Oración


3. Un Lugar Sin Muros

A veces los cristianos cometemos un enorme error: pensamos que la gente necesita que se le predique, cuando realmente necesitan que se le ame. Jesús transformó nuestras vidas, no porque nos predicara, sino porque nos amó.

Necesitamos volver, hacernos visibles; volver a mostrarnos en la calle, levantar nuestra casa, nuestro cuerpo como un templo permanente. Necesitamos entender que no tenemos muros.

Lo que transforma no son las pantallas o el sonido que tenga una iglesia, sino la vida de un creyente. ¿Recuerdas cuando alguien te invitó a la iglesia por primera vez? La mejor estrategia para traer jóvenes a Cristo somos tú y yo.

Es tiempo de que como jóvenes nos volvamos visibles. Es hora de que nos pongamos de pie y, así como se veía el templo antes, se puedan ver miles y miles de templos hoy en día.

Ojalá pudiéramos entender que lo mejor de la vida cristiana no se ve el domingo durante el servicio. Lo mejor se ve en las calles, en las universidades, en las escuelas, en el trabajo. Lo mejor que te puede pasar es fuera de la iglesia, en un lugar sin muros, no dentro de cuatro paredes.

“Jesús no murió en la cruz para que nos quedáramos sentados, la mejor respuesta para el sacrificio de Jesús es un corazón apasionado y encendido”.

Hoy más que nunca necesitamos que los cristianos se hagan visibles, porque así van a atraer a más personas cuando se muestre la luz de Jesús.  No seamos visibles “religiosos“, seamos visibles como aquellos que aman al que no se merece ser amado, y a través de ese amor ellos pueden conocer a Jesús como Señor y Salvador. No significa que amemos el pecado, sino que amamos a la persona que hoy está pecando. No aplaudimos el pecado, aplaudimos a la persona por la que Jesús murió en la cruz para que fuera libre del pecado.

Es tiempo de amar más a la gente y sermonearla menos para que, a través de ese amor, nosotros podamos ser visibles.

Categorías
Viviendo en Cristo
¡Sé el primero en comentar sobre este artículo!

Deja Un Comentario

¡Entérate!

Suscríbete a nuestro correo semanal.

*Que no se te pase.