Raíz

¿Cómo descubrir la raíz del problema?

No tienes por qué esconderte.

“Nos la pasamos tratando los síntomas externos, sin tratar el problema de raíz”

Cierto día un caballo pateó la cerca de madera donde se encontraba junto con otros animales, y a causa de esto se lastimó una de las patas. El dueño llevó al caballo al establo, le limpió la herida y le vendó la pata. Días después, notó que el caballo seguía sufriendo a causa de la herida. Llamó al veterinario para que revisara al animal y le recetara antibióticos.

Casi de inmediato el caballo mostró mejoría. Pero al cabo de un mes el dueño vio que la herida no había sanado y hasta se veía peor que antes. El veterinario volvió a indicar nuevos antibióticos. Por segunda vez el animal respondió bien durante algunas semanas y luego el proceso se repitió. La herida no sanaba, finalmente, el veterinario decidió dormir al animal, abriendo la herida para ver cuál era la causa, y al llegar más profundo, encontró que había una gran astilla de madera incrustada bajo la piel. Esta era la causa de que la infección volvía a aparecer después del tratamiento, causándole gran dolor al animal.


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“Jehová nuestro Dios nos habló…diciendo: Habéis estado bastante tiempo en este monte.” Deuteronomio 1:6

¿Cuántas veces nos ha sucedido esto a nosotros? Nos la pasamos tratando los síntomas externos, sin tratar el problema de raíz. Está bien que quieras cambiar lo exterior o lo que los demás notan en ti. Por ejemplo, quizás estás buscando enojarte menos, escuchar más, hablar menos, ser más puntual, cuidar lo que ves, cuidar la música que escuchas. Todo esto es correcto, ¡qué bueno que quieras cambiarlo! Pero ¿eso es todo? ¿solo queremos maquillar lo que los demás ven en nosotros? ¿queremos vernos más buenos? Tal vez ya lo has intentado antes, pero vuelves a caer en lo mismo ¿por qué pasa esto?

Insisto, es bueno que busquemos mejorar, pero si no llegamos a la raíz, a vernos frente al espejo y preguntarnos a nosotros mismos: “¿por qué eres así?”, solo vamos a estar maquillando el problema real. Es por eso que caemos constantemente y volvemos a fallar, porque: 1) Lo hacemos en nuestras fuerzas. 2) No buscamos la raíz del problema. ¿Cómo puedo empezar?

Mira hacia adentro

“Si me limito a solamente intentar hacer un cambio, sin entender el por qué ni el cómo, voy a fracasar”

Cuando alguien dice algo que te hiere, quizás por fuera intentas aparentar estar bien, pero por dentro las cosas son muy distintas. Pasan los días, la herida se convierte en enojo. Vuelves a ver a la persona y te comportas de una manera indiferente con ella, queriendo aparentar que estás bien. Pasan las semanas, comienzas a buscar cualquier excusa para enojarte o ignorar a esa persona. Al final destruyes una amistad o una relación y cuando alguien te pregunta “¿qué pasó?”, no sabes bien qué responder, porque probablemente lo olvidaste. Todo se pudo haber solucionado si hubieras sabido detectar el momento en el que todo comenzó, para de esa manera enfrentarlo y resolverlo.

La Biblia nos enseña que no debemos permitir que la raíz de amargura prospere, contamine y estorbe en nuestra vida por completo. Hebreos 12:15. Este principio aplica no solo en nuestras relaciones con otros, sino en nosotros mismos. Si me limito a solamente intentar hacer un cambio, sin entender el por qué ni el cómo, voy a fracasar. ¡Atrévete a ir más profundo! ¡Conócete!

Todos batallamos con cosas que son constantes en nuestra vida. Necesitamos examinar nuestro carácter y personalidad. No puedo excusarme en el “yo soy así, nimodo”. Cada uno de esos detalles tiene una raíz más profunda de lo que pensamos o queremos creer. ¿Es algo que sucedió en mi infancia? ¿Una mala experiencia con alguien cercano? ¿Abuso? ¿Falta de perdón? Hay un sin fin de posibilidades, necesitas conocerte para encontrar tu raíz. Hay tantas cosas que nos afectan, y nosotros solo nos ocupamos de la superficie. Nos estancamos por años y caemos una y otra vez en lo mismo.


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La raíz es…

“Tus heridas o problemas del pasado no deben ser una excusa para avanzar”

El pueblo de Israel hacía algo parecido. Vagaron por el desierto de camino entre Egipto y la tierra prometida durante cuarenta años, en un viaje que debiera haber durado sólo once días.La raíz de su problema era que habían adoptado una mentalidad de víctimas.

Sí, es verdad que habían sufrido mucho por los malos tratos durante la última parte de su estadía en Egipto, que habían sido esclavos y pasado por experiencias dolorosas e injustas. Ese dolor interno los siguió, aún cuando Dios los libraba milagrosamente de la esclavitud. Ya en el desierto, culpaban a Moisés por la falta de agua y alimento, culpaban a su pasado, se quejaban de la comida y tenían miedo de sus enemigos. Jamás se les ocurrió pensar en que ellos mismos formaban parte del problema. A causa de su poca fe seguían dando vueltas alrededor de la misma montaña, año tras año, sin progresar en ningún momento.

Tus heridas o problemas del pasado no deben ser una excusa para avanzar. Una vez que identificas la raíz de tu situación, la enfrentas, sanas y sigues adelante. No podemos pretender que hemos perdonado o sanado cuando, al primer problema, queremos usar nuestro pasado y/o malas experiencias para justificar nuestros errores o tropiezos. ¡No te quedes estancado 40 años en el desierto! Es un error querer culpar a otros por mis problemas. Yo debo asumir la responsabilidad de mis acciones y pensamientos.

No escondas la llave

“Si no te atreves a abrir la puerta para que esa habitación sea limpiada, nunca vas a poder cambiar completamente”

Creemos que es posible esconderle las cosas a Dios. Es como si nuestro interior estuviera lleno de habitaciones y mantuviéramos cerradas aquellas que no queremos mostrar. Escondemos la llave de aquellas puertas que nos llevan a recuerdos dolorosos, vergonzosos o a heridas profundas. Dios no va a forzar la cerradura, Él va a entrar cuando estemos dispuestos a responder a Él y lo invitemos a pasar. Son precisamente en esas habitaciones con llave que escondemos nuestros más profundos secretos, defectos y debilidades.

Si no te atreves a abrir la puerta para que esa habitación sea limpiada, nunca vas a poder cambiar completamente. Te quieres llenar de excusas para justificar tu carácter o tus errores, e incluso buscas culpar a Dios por lo que te pasa. Dios sigue llamando a la puerta. Necesitas atreverte a abrir la puerta para que entre Su palabra y amor a tu corazón. La mejor manera de hacerlo es siendo completamente sinceros con Dios. Llama las cosas por nombre. Si te hicieron algo, dilo en oración, en voz alta. Si te sientes de alguna manera, dilo, sin miedo. Dios no se espanta con ningún tipo de pecado o experiencia que hayas tenido. Pregúntale las veces que sea necesario: “¿por qué?”. Busca a Dios en la Biblia. Vas a encontrar respuestas.

 El cambio es doloroso, pero es temporal

“El dolor del cambio es mucho menor que el de permanecer en la mediocridad”

Sí, puedes ser más feliz, puedes tener mejores relaciones, puedes librarte de lo que te impide avanzar, pero tienes que hacer tu parte. Sé sincero y enfrenta la verdad con respecto a ti mismo. No sigas pensando que tu falta de progreso es culpa de otros.

Puede ser doloroso arrancar las raíces. Lo fácil es concentrarse en lo superficial. Lo fácil es evitar el cambio. Es incómodo sincerarte y salir de tu zona de comodidad. Puede ser incómodo perdonar una herida que alguien más te causó. Puedes no sentir el deseo de perdonar. Lo importante es que aunque duela permitas que Dios cambie tu actitud, tu manera de actuar y de pensar. Comprende que la sensación desagradable es temporal. Es el dolor el que provoca el crecimiento. Una vez que pases ese punto, seguirás elevándote hacia un nuevo nivel. El dolor del cambio es mucho menor que el de permanecer en la mediocridad.

Podemos ver como Dios obra en nuestra vida cuando asumimos la responsabilidad de nuestras acciones, no culpando a nuestro pasado ni a nuestras circunstancias. Tenemos qué llegar a la raíz, así que no vayas por la vida tratando de maquillar tu vida. Asume tu responsabilidad. ¡Levántate y haz algo!

 

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