Gozo

Del Dicho al Hecho: ¿Qué Tanto Se Manifiesta en Ti la Presencia de Cristo?

Hemos sido llamados a ser un canal de su amor

“Solemos creer que la presencia de Cristo se encuentra en las iglesias, dentro de cuatro paredes y cada domingo. La verdad es que Su presencia habita en los cuerpos obedientes y santificados.”

Quizá hemos sido cristianos toda la vida, quizá tenemos poco de haber conocido a Cristo o, puede ser, que apenas estamos descubriéndolo. En todos los casos un día vamos a ser confrontados: ¿Qué tan genuina es nuestra relación con Cristo? ¿Somos cristianos de “envoltura”, o permitimos que la presencia de Cristo se muestre a través nuestro? Él desea encontrar un corazón que le ame para manifestar al mundo su bondad.

Sin embargo, sabemos que del dicho al hecho, hay un gran trecho. A la luz de la Palabra de Dios no es suficiente decir que le amamos. Jesús explica que hay dos evidencias que revelan si una persona en realidad lo ama. Esto quiere decir, que si alguna de estas dos no están presentes en nosotros, es probable que debiéramos evaluar si nuestro amor por Cristo es real o son solo palabras. Las dos evidencias son: 1) Obediencia a los mandamientos de Cristo y 2) que podamos reflejar Su presencia.

Suena difícil y rudo, es como si en este momento alguien nos aplicara un cristonómetro para evaluar la veracidad de nuestro amor. La Palabra de Dios es clara: en Juan 14:21 Jesús advierte que los que le aman son aquellos que se apropian de sus mandamientos y los obedecen. El que ama a Jesús, ama también al Padre, y Jesús se manifiesta a través de él.

Dos claves: obediencia y manifestación. La primera es sencilla, la han recalcado nuestros padres desde el inicio de los tiempos pero, ¿manifestación? Según la Real Academia Española, manifestar significa descubrir o dar a conocer. Si amamos a Cristo y obedecemos sus mandamientos, entonces nuestra vida se convertirá en un canal o instrumento que irradie la presencia de Cristo.

En 2 Corintios 5:20 dice que somos embajadores de Cristo; eso representa una gran responsabilidad, ¿no crees? Ahora tiene sentido eso de ser “el tempo del Espíritu Santo” que también habita en nosotros (1 Corintios 6:19). Solemos creer que la presencia de Cristo se encuentra en las iglesias, dentro de cuatro paredes y cada domingo. La verdad es que Su presencia habita en los cuerpos obedientes y santificados. Él no va a descender a quienes dicen tener amor por Él pero no le obedecen. Aquellos en donde se encuentra la presencia de Cristo deben poseer cuatro claras manifestaciones:


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Conocen el Pecado y No le Restan Importancia

“Cuando no existe la convicción de pecado se corre el riesgo de ser insensible a la presencia de Dios.”

Un pueblo de Dios que no se preocupa por el pecado, es un pueblo en peligro. El Evangelio de Cristo es el evangelio del arrepentimiento y, ¿cómo arrepentirnos si no podemos detectar el pecado? Es fundamental que seamos sensibles a lo que Dios nos manda apartar de nuestras vidas. Esto es parte de la obediencia a Dios.

Él no desea que seamos robots que obedecen órdenes fríamente. Él nos ha elegido como sus hijos y desea que le amemos ante todo. Es como el padre terrenal que anhela escuchar que su hijo le ama, pero también desea que su hijo le obedezca porque conoce lo que es mejor para él.

Cuando no existe la convicción de pecado se corre el riesgo de ser insensible a la presencia de Dios. Por el contrario, un corazón que habita en su Santa presencia aprende a aborrecer el pecado y, ante todo, busca agradarle.


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Conocen el Pecado y Deciden Acabar con Él

“Si seguimos coqueteando con el pecado estamos truncando muchas de las bendiciones de Dios.”

Cuando estamos en la presencia de Dios muchas cosas ocurren. Nuestra vida deja de ser igual porque en Su presencia el pecado es sacado a la luz y es destruido por Él. Cuando tenemos una comunión con Dios ya no podemos seguir siendo indiferentes al pecado, sino que su manifestación en nosotros provoca que aborrezcamos al pecado. No hablo solo del pecado en otras personas, sino en nosotros mismos. Ahora tenemos una profunda convicción de nuestras propias faltas y hay una urgencia por liberarnos de ellas.

En el caso contrario, mantenernos lejos de la manifestación de Cristo hará que estemos menos convencidos del pecado. Las personas que no tienen una comunión con Él es porque aún siguen conviviendo con el pecado y, en ocasiones, aceptan cosas que les dañan a ellos o a sus seres queridos.

La presencia de Dios en nosotros es como una luz que no se puede ocultar, es algo que incomoda a los que no la tienen. ¡Qué peligroso es estar rodeado de personas con la presencia de Dios y no ser movido ni un poco! Dios desea llenarnos de su presencia para hacer un cambio en nuestras vidas. Si seguimos coqueteando con el pecado estamos truncando muchas de las bendiciones de Dios.


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Poseen un Espíritu de Santidad

“Queremos ser tan parecidos a Cristo como sea posible para un ser humano en la tierra.”

En el mundo comúnmente se cree que la santidad está reservada para unos pocos y que ser santo suele ser difícil y aburrido. Esto tiene solo una parte de verdad. Ser santo es difícil, porque significa estar “apartado para Dios”. Pero no se refiere a que debemos vivir lejos del mundo, sino que aun viviendo en él, nuestra vida debe mantenerse sin mancha o pecado. La verdad es que esto suele ser complicado en nuestras fuerzas. Es casi imposible. Aquí es donde entra nuestra dependencia de Dios: Él nos va a dar las fuerzas que necesitamos para vivir en santidad, nos va a dar un Espíritu de santidad y obediencia.

Dondequiera que se encuentre la presencia de Dios, habrá un espíritu que se deleita en complacer al Señor. No será hasta que entreguemos por completo nuestra vida a Él que comprenderemos este deleite. Un espíritu que se deleita, no le es difícil ser santo sino que es atraído por la luz que irradia la presencia de Dios. Entonces no busca limitar la santidad sino que clama por ser más y más santo; por dejar toda su vida al descubierto.

2 Corintios 3:2 dice que somos cartas abiertas, conocidas y leídas por todos. Queremos ser tan parecidos a Cristo como sea posible para un ser humano en la tierra. En este estado ser santo y perseguir la luz de la presencia de Cristo se convierte en pura gloria. Obedecemos los mandatos de Cristo no por deber o por temor, sino porque nos deleitamos en agradar a Cristo. Esto es la verdadera santidad.


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Poseen Un Gozo Inexplicable en la Presencia de Dios

“Dios desea llevarnos a nuevos lugares en donde la alegría y el amor sean una realidad palpable en nosotros.”

Hechos 2:28 dice: “Me has dado a conocer los caminos de la vida; me llenarás de alegría en tu presencia”. ¿Alguna vez te has preguntado cómo reaccionaba Jesús? ¿Se deprimía ante las luchas? ¿Su corazón se dolía por las cargas que llevaba? ¿Tenía sentimientos?

La Biblia nos dice que Jesús lloraba y soportaba pesadas cargas como tú y como yo. Incluso una vez sudó gotas de sangre; gemía y suspiraba por la incredulidad de los demás. Pero sobre todo, la Biblia enfatiza que Jesús era una persona alegre. Me imagino que estar cerca de Jesús debió haber sido una experiencia única. Las personas se desvivían por tocar el borde de su manto, por estar cerca de donde él caminaba y escucharle aunque sea desde arriba de un árbol, como Zaqueo. Definitivamente debió irradiar una luz y una alegría que contagiaba a las multitudes.

¿Cómo no estar gozosos si hoy nos ha librado del infierno, nos ha dado la promesa de la vida eterna, y nos infunde confianza día a día en medio de las dificultades? En ocasiones vamos a estar quietos delante de Su presencia, reconociendo que él es Dios. En otras, el Espíritu Santo nos pondrá una letra nueva en nuestras bocas para adorarle y exaltarle con alegría, o quizá nos llevará a hacerlo con júbilo: “Aclamad a Dios con alegría, toda la tierra”. Salmos 66:1. “Cantad con gozo a Dios, fortaleza nuestra; al Dios de Jacob aclamad con júbilo” Salmo 81:1.

Cuando el pueblo de Dios busca reflejar la presencia de Dios experimenta un gozo tremendamente grande que no tiene punto de comparación. Dios desea llevarnos a nuevos lugares en donde la alegría y el amor sean una realidad palpable en nosotros. Atrevámonos a amar a Dios con hechos y no solo de labios solamente, para ser testigos de ese gozo perpetuo en una vida de obediencia a Él.

 

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