¿Es Posible Ser Santo?

Una vida de enfoque

Equivocadamente pensamos que ser santo es no hacer nada malo, como una actitud a la defensiva.

Quiero compartir acerca de la santidad. Es muy interesante ver que Satanás no tentó a Eva con argumentos teológicos o doctrinales. No le sacó un rollo filosófico, simplemente apeló a sus deseos. “La mujer quedó convencida. Vio que el árbol era hermoso y su fruto parecía delicioso, y quiso la sabiduría que le daría. Así que tomó del fruto y lo comió” (Génesis 3:6). Ella deseó del fruto que no debía de comer. Dios había dicho a Adán y Eva que no comieran de ese árbol; sin embargo, ella deseó. Esa es una estrategia que Satanás sigue usando hoy en día.


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El diablo no aprende mañas nuevas. Él no te va a aventar un engaño directo, porque tú conoces la Palabra. Satanás apela a los deseos de tu carne, a aquello que no debes desear. “Cuando sean tentados, acuérdense de no decir: «Dios me está tentando». Dios nunca es tentado a hacer el mal y jamás tienta a nadie” (Santiago 1:13). Todos nosotros tenemos deseos y todos tenemos deseos sensuales fuera de orden. Eva vio.

Satanás sabe que tenemos deseos que tienden a salirse de orden; sabe que el pecado es agradable a nuestros ojos. Una de las maneras de vencer al pecado es aceptando y reconociendo que nos gusta. El pecado es bien agradable, parece placentero. Sería tonto no admitirlo. Pero la verdad es que el pecado tiene un fin y es un fin de muerte. La carnada se ve agradable pero lleva al pez a la muerte.

Santidad y Santificación

“Así que consagren su vida para ser santos, porque yo soy el Señor su Dios” (Levítico 20:7). Dios nos manda ser santos. Generalmente, el tema de la santidad nos parece complicado; suena como ser una persona perfecta. El concepto que tenemos de santidad nos trae ideas negativas como “no se puede” o “yo no soy así”. Dios se pone a sí mismo como estándar y eso nos hace creer que es imposible. ¿Cómo llegamos a ser santos? La Biblia habla de dos cosas: santidad y santificación. Las dos son distintas.

“Un gran camino atravesará esa tierra, antes vacía; se le dará el nombre de Carretera de la Santidad. Los de mente malvada nunca viajarán por ella. Será solamente para quienes anden por los caminos de Dios; los necios nunca andarán por ella” (Isaías 35:8). La palabra “santo” en hebreo significa “apartado”. Es algo para lo cual se designa un uso especial.

Recuerdo cuando era joven y compré mi primera guitarra. Yo dije, “Esta guitarra la voy a utilizar solamente para alabar a Dios. No voy a tocar “La Negra Tomasa” ni nada eso”. ¿Tu mamá tiene cuchillería para ocasiones especiales? Las mujeres tienen su ropa especial. No la dominguera, sino el siguiente nivel, ropa para ocasiones especiales. Tienen zapatos que son exclusivamente para bodas y eventos especiales. No tienen nada que ver con los zapatos del diario a los cuales solamente le pasan los pies por encimita y se meten solos. Así también, Dios habla de lo santo y lo que es apartado para algo especial.

¿Qué significa ser santo?

Ser santo se trata de entender que estamos apartados para Dios y que tenemos un propósito.

Equivocadamente pensamos que ser santo es no hacer nada malo, como una actitud a la defensiva. Ser santo es tomar una actitud a la ofensiva, es decir, hacer lo que tienes que hacer por lo que eres. No eres santo porque no peques, ese es otro tema, esa es la pureza. Tú eres santo porque el Señor te hizo santo. La santificación sí es la pureza de corazón, es dejar cosas, pero la santidad es un estado que tú no consigues por ti mismo, no es un estado que tú ganas. La santidad es un estado que Dios te ha designado porque, desde el momento en que tú entregaste tu vida a Cristo, Él te apartó.

Entonces, la santidad y la santificación son dos cosas distintas. Ser santo se trata de entender que estamos apartados para Dios y que tenemos un propósito. Dios es adorado porque es único, porque es algo aparte. Él es santo, es Dios y no hay otro como Él. Jesús caminó en la Tierra sin pecar, pero Él ya era santo desde antes. Él venía con un propósito. No solamente vino a mostrarnos una vida sin pecado, a sanar enfermos y a hacer milagros. Él tenía un propósito, vendría a ser el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Una cosa es el caminar con Dios, nuestro cambio y nuestro arrepentimiento; ese es un tema del que no voy a hablar en esta ocasión. Lo que te quiero decir es que tú estás separado por Dios con un propósito.

“Pues mediante esa única ofrenda, él perfeccionó para siempre a los que está haciendo santos” (Hebreos 10:14). Quizás tú pienses que aún tienes pecado, que tienes actitudes y pensamientos qué cambiar. Sí, Dios lo sabe. Él no te hizo santo por chulo. Aún siendo nuestras vidas un mugrero, Él nos apartó para Él. A Dios no le asusta nuestro pecado, Él conoce nuestra condición. ¡Qué importante es saber y creer que fuimos apartados para un uso especial! Dios tiene un propósito para ti.

Cuando mantenemos este enfoque y sabemos que Dios tiene un plan para nosotros, a pesar de nuestras fallas y defectos, nos sentimos motivados a ser santificados. Esas luchas nos mantienen distraídos y nos hacen olvidar que el propósito de ser puros es cumplir con nuestro llamado. El diablo quiere que te olvides de que eres especial para Dios y te alejes de la visión que Dios te dio. Ese es el motivo por el que dejamos de tener victorias.

¿Has escuchado al diablo que te susurra al oído que debes ser “más santo”? No puedes ser más santo de lo que Dios ya te hizo, no es algo que tú te puedas ganar. Yo veo jóvenes que cuando les pregunto si son santos tienen un conflicto interno. Esto no es ninguna onda motivacional. Aún si estás en una derrota espiritual, tu llamado es irrevocable. Claro que tenemos que crecer en pureza, pero nuestro llamado ya está hecho.

“Pues la voluntad de Dios fue que el sacrificio del cuerpo de Jesucristo nos hiciera santos, una vez y para siempre” (Hebreos 10:10). La santidad no es cumplir una lista de requisitos. La santidad es ser liberes para cumplir el propósito de Dios. La mejor manera de vencer el pecado en nosotros es saber que estamos apartados para él. “No me pertenezco, mi vida es de Él. Yo tengo un propósito en Dios”.

La santidad es un regalo

La verdad es que ni tú ni yo lo merecemos, pero esa es la locura de la gracia.

La santidad no viene de un esfuerzo. Incluso nuestra purificación viene no de nuestras obras sino de una relación con Jesús. No buscamos a Dios para que nos limpie, somos limpios al buscarlo y leer Su Palabra. “Ciertamente, yo soy la vid; ustedes son las ramas. Los que permanecen en mí y yo en ellos producirán mucho fruto porque, separados de mí, no pueden hacer nada” (Juan 15:5). No puede haber santidad ni purificación en nuestras vidas apartados del Señor.

Aún si hemos fallado, nuestro llamado sigue ahí esperándonos. “No, amados hermanos, no lo he logrado, pero me concentro sólo en esto: olvido el pasado y fijo la mirada en lo que tengo por delante” (Filipenses 3:13-16). No soy perfecto, pero me concentro porque tengo un propósito en Dios.

“Por lo tanto, amados hermanos, les ruego que entreguen su cuerpo a Dios por todo lo que él ha hecho a favor de ustedes. Que sea un sacrificio vivo y santo, la clase de sacrificio que a él le agrada. Esa es la verdadera forma de adorarlo ¡Sirve al Señor! ¡Levántate! Dios no es quien te condena, es quien te limpia.” (Romanos 12:1). Cuando tú entiendes que eres un hijo de Dios, no puedes seguir imitando al mundo. ¿Sabes por qué empezamos a fallar? Por que perdemos la visión, perdemos de vista quiénes somos. Perdemos de vista que tenemos un llamado y empezamos a distraernos con deseos. Cuando sabemos que estamos apartados para Él, alineamos todo en nuestra vida para ese llamado.

Cuando sabes que tienes un examen, arreglas todo para que suceda de la mejor manera. Dejas de hacer cosas para obtener el mejor resultado. Cuando quieres irte de viaje empiezas a ahorrar porque tienes un propósito. Cuando no tienes un propósito, se te va el dinero y ni te das cuenta en qué. Cuando apartas para una meta, hasta los pesos en el piso los guardas y, al conseguirlo, sientes una gran victoria. Si eso ocurre en el aspecto material, en el espiritual es infinitamente mayor.

Cuando sabemos que tenemos un propósito en Dios, nos guardamos de todo lo demás porque tenemos la meta de ser encontrados fieles cuando Cristo regrese. Dios se atreve a pedirte que seas santo porque quiere que seas único como Él es único. Quiere que no te mezcles como Él no se mezcla. Dios te apartó de entre todos los jóvenes para ser suyo. Dios, en Su amor, te apartó para Él.

¿Sigues creyendo que es imposible que seas santo siendo como eres? La verdad es que ni tú ni yo lo merecemos, pero esa es la locura de la gracia. “Y estoy convencido de que nada podrá jamás separarnos del amor de Dios. Ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni demonios, ni nuestros temores de hoy ni nuestras preocupaciones de mañana. Ni siquiera los poderes del infierno pueden separarnos del amor de Dios” (Romanos 8:38). Por eso Pablo tenía esa pasión y esa entrega, porque sabía que había sido apartado para Dios.


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Pasar por derrotas o desiertos espirituales es como sentir la necesidad de respirar. Es pensar de qué te podrás agarrar para salir adelante. Saber que Dios nos ama y nos ha apartado es la motivación correcta para que te levantes en el nombre del Señor. Cuando Satanás pensó que tenía estropeada la creación al haber hecho caer a Adán y Eva, no sabía que Dios revelaría su plan de enviar al Salvador, a Jesús.

El sacrificio de animales en el antiguo testamento para el perdón de pecados era una sombra de Jesús. Esos corderos inocentes recibían el castigo que le correspondía a los hombres. Pero Dios le dijo a Eva que de su simiente vendría la salvación. Cuando Satanás te haga creer que te tiene aplastado, recuerda que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Romanos 5:20). Que el saber que Dios te ha apartado para Él te levante una vez más para anhelar la pureza de corazón y el propósito para el cual te ha creado.

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