edificar

¿Cómo impactar al mundo? Edificar es la clave

Dios nos ha puesto para edificar, no para destruir.

Dios nos llama a ser edificadores, a bendecir a las personas que nos rodean para cumplir el propósito que Él tiene para sus vidas. La palabra edificar significa “infundir sentimientos para actuar bien o incitar a los demás con el buen ejemplo”. Edificar es infundir ánimo a otros, incitarlos con nuestro ejemplo para que puedan crecer y desarrollarse. En el contexto cristiano significa fortalecer a alguien o ser fortalecido por Dios. Como creyentes debemos saber que Dios nos ha puesto para edificar, no para destruir o derribar. Sin embargo, debemos de tener en cuenta que antes de ser edificadores necesitamos ser edificados.


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1.- ¿Cómo somos edificados?

Somos edificados por Dios mismo. Él trabaja en nuestras vidas y le damos gracias por continuar Su obra en nosotros, de tal manera que podamos crecer hasta llegar a ser una obra completa y perfecta. Aunque sabemos que el Señor aún no termina de trabajar en nuestra vida. Tenemos fe en que “el que comenzó la buena obra en nosotros la va a completar” (Fil. 1:6 Reina Valera Revisada 1960). 

“Y confiamos en que, si Dios es el que edifica, entonces esa obra permanece”

El propósito de Dios es edificar Su iglesia. Hechos 9:31 dice que: “las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo”. De esa misma forma debes anhelar que el Espíritu Santo sea quien se mueva en tu corazón y obre en tu vida, mente y alma para poder seguir adelante. La única manera de conseguirlo es estando en relación con Dios, porque cuando oras y buscas su presencia, entonces Él va edificar tu vida (Jud. 1:20).

Dios usa diferentes instrumentos para edificarnos, como:

Su palabra

La palabra tiene poder para cambiar nuestra mente y limpiar el corazón. Es a través de ella que podemos ser edificados y transformados. “Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados” (Hch. 20:32).

El amor

Su amor está obrando en cada uno de nosotros. A pesar de nuestras fallas y debilidades, el Señor nos ama y es gracias a Él que somos edificados.

“…El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Co. 8:1)

 2.- ¿Cómo edificamos a otros?

No podemos dar lo que no tenemos. Primero recibimos de Dios, Él habla a nosotros y después compartimos lo que hemos recibido del Señor para edificar la vida de otros a través de:

Nuestros actos

Edificamos la vida de otras personas con las cosas que hacemos. Nuestros actos siempre causarán un efecto en aquellos que nos rodean. Es necesario que busquemos la mutua edificación en todo momento y seamos instrumentos de paz en lugar de traer contienda, división o conflictos (Ro. 14:19). Anhelemos contribuir al crecimiento y desarrollo de los demás (Ro. 15:2), incluyendo a los que viven con nosotros. Proverbios 14:1 no es un versículo exclusivo para la mujer, pues no es sólo ella la encargada de edificar su casa sabiamente. Debemos entender que un hogar puede ser edificado o destruido con los actos diarios de quienes lo conforman. El deseo de Dios es que levantemos nuestros hogares como un altar para Su gloria y que nuestra familia sea de bendición y edificación.

Nuestros dones

Dios nos ha dado dones con un propósito: ¡Edificar! El Señor no nos puso en un ministerio para que los demás nos vean o para sentirnos superiores. Debemos servir con esos dones y talentos que Él nos dio. Al hacerlo ayudamos a otros a cumplir el propósito que Dios tiene para sus vidas. “El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia” (1 Co. 14:4)

¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación” (1 Co. 14:26)

Nuestras palabras

Nuestras palabras pueden edificar o destruir. Es importante tener mucho cuidado con lo que sale de nuestra boca, ya que podemos bendecir o dañar el corazón de otros. Asimismo, el Espíritu Santo se puede entristecer a causa de nuestra manera de hablar (Ef. 4:29-30). Fuimos hechos para edificar y nuestras palabras deben servir para ese propósito.

Nuestro ejemplo

No siempre es necesario hablar para edificar. Nuestra vida misma puede llegar a ser de gran bendición. La manera en que nos conducimos y nuestro ejemplo de servicio puede ser un testimonio poderoso de edificación.

Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis” (1 Ts. 5:11).


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3.- Para edificar bien se necesitan varias cosas:

El fundamento correcto.

Dios nos ha llamado a edificar nuestra vida sobre el lugar correcto, tal como lo hizo el hombre prudente quien fundó su casa sobre la roca. El Señor es nuestro fundamento y si no es Él quien nos sostiene entonces en vano edificamos.

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mt. 7:24-27).

Los materiales correctos

También es importante contar con los materiales correctos a la hora de edificar. Y quién sino Jesucristo podrá sostener nuestras vidas; no hay mayor fundamento que Él.

Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca…” (1 Co. 3:10-12).

El plan correcto

El que edifica debe tener en mente que no sólo debe comenzar correctamente sino también terminar de la misma forma, para ello se necesita de un plan definido. Nuestro plan a largo plazo es vivir para el Señor, sin importar lo que pase debemos estar comprometidos a seguirlo con todo nuestro corazón. 

“Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar” (Lc. 14:28-30).

La perspectiva correcta

Si queremos edificar correctamente necesitamos tener la perspectiva de Dios, pues ya no vivimos para nosotros mismos. Ahora somos edificadores del Reino y por lo tanto debemos hacer lo que le agrada, es decir, vivir bajo Sus lineamientos y principios. Saber elegir entre las cosas que no valen la pena hacer o decir y aquellas que edifican es nuestra responsabilidad (1 Co. 10:23). Así como no volver a levantar lo que Dios ya derribó y venció en nuestra vida (Gá. 2:18). Sólo con la perspectiva del reino y con la ayuda del Espíritu Santo podremos decidir y hacer lo que conviene.

Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica” (1 Co. 10:23)

Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago” (Gá. 2:18)

La motivación correcta.

Para edificar a otros se necesita de una motivación correcta, no pensando en que todo cuanto tenemos nos pertenece pues la vida, dones, e incluso la familia, ha sido dada por Dios y para Dios. Por lo tanto, usemos todo cuanto tenemos para bendecir a los demás.  

Porque aunque me gloríe algo más todavía de nuestra autoridad, la cual el Señor nos dio para edificación y no para vuestra destrucción, no me avergonzaré” (2 Co. 10:8).


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El propósito correcto

Somos llamados a ser un templo santo en el Señor, cuya principal meta es ser la morada de Dios en el Espíritu, para que podamos ver Su gloria (Ef. 2:20-22). Tal vez no nos demos cuenta, pero es hora de entender que Dios quiere perfeccionar nuestras vidas para usarnos y así ser partícipes de un propósito que no es nuestro; un propósito eterno y maravilloso: la edificación del cuerpo de Cristo (Ef. 4: 12, 16).

“…Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Ef.2:20-22).

a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef. 4: 12, 16)

Dios quiere levantar a Sus hijos para ser edificadores, hijos que “soporten las flaquezas de los débiles…” (Ro. 15:1), que sepan dar consejos en los momentos difíciles y ayuden a sanar los corazones heridos. Un edificador es aquél que reta a los demás con su ejemplo y decide ser un instrumento en manos de Dios para bendecir y edificar la vida de otros.

Seguramente hay personas a tu alrededor que necesitan ser edificadas por ti, ya sean los más pequeños espiritualmente a quienes podemos guiar, enseñar, ser de ejemplo, vigilar y estar al pendiente de su desarrollo. También los que están a nuestro nivel, los ayudamos al ser de firmes convicciones, influenciando positivamente sus vidas, confrontando con amor sus áreas débiles, siendo firmes cuando se quieran desviar y levantándolos. Podemos edificar aquellos que están sobre nosotros al orar por ellos, apoyarlos en alguna debilidad en lugar de juzgar, animarlos y ayudar a llevar sus cargas.

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