La Misericordia de Dios

Su deseo es que nos arrepintamos.

Dios desea derramar sobre nosotros su misericordia y, si nosotros le buscamos de todo corazón, Él lo hará.

¿Alguna vez has querido buscar a Dios pero sientes que no te va a aceptar? Quizá has realizado cosas que te han hecho sentir “indigno”, desmerecedor; como si no hubiese vuelta atrás y la llave del perdón ya fue destruida. Cuando pensamos de esta manera, estamos muy lejos de conocer al verdadero Dios. El Dios de la Biblia, el Dios de Israel es por naturaleza un Dios de misericordia.

La Real Academia Española define misericordioso como: atributo de Dios para perdonar los pecados y miserias de sus criaturas. Estoy segura que en algún momento todos nos hemos sentido faltos de perdón, con pensamientos de condenación por algo que sucedió en el pasado. Esto debe de cambiar. Dios desea derramar sobre nosotros su misericordia y, si nosotros le buscamos de todo corazón, Él lo hará.

En la Biblia se describe a Dios como Clemente, Bondadoso, Compasivo, Deseoso de perdonar, Lleno de misericordia, Tardo para la ira. Entonces, ¿por qué pensamos de Él todo lo contrario? Hemos creado la imagen de un Dios castigador, enojado todo el tiempo, pronto para mandar su juicio. Pero, ¿te imaginas si Dios mandara realmente el juicio que merecemos?

Enseguida hablaré de hombres que vivieron la misericordia de Dios en carne propia, hombres que aunque conocían la ira de Dios, sabían que era mayor su amor para perdonar.


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El pueblo de Israel había sido todo un reto para Moisés, ellos abandonaban a Dios una y otra vez. Moisés los alertaba enérgicamente de las consecuencias negativas que traería, pero también les hablaba de la amorosa misericordia del Señor. En Éxodo 34:6 Dios habla con Moisés y le dice: “Soy lento para enojarme y estoy lleno de amor inagotable y fidelidad. Yo derramo amor inagotable a mil generaciones, y perdono la iniquidad, la rebelión y el pecado” (NTV). Dios podía deshacerse de Israel si quería, pero en su lugar les declaraba estas palabras. Ese es el Dios real, Él está esperando que lo busquemos, no para condenarnos, sino para darnos Su perdón.

Si volteáramos a ver hacia atrás en nuestra vida, cuántas veces Dios nos ha sacado de un apuro, nos ha enviado palabras de aliento a través de una persona, o simplemente ha mostrado Su amor con la naturaleza; reconoceríamos que son mayores sus misericordias. Isaías lo sabía y, aunque solía pregonar la venganza de Dios contra el pecado, también exclamaba: “Hablaré del amor inagotable del Señor; alabaré al Señor por todo lo que ha hecho. Me alegraré por su gran bondad con Israel, que le concedió según su misericordia y su amor” (Isaías 63:7).

El verdadero Dios de amor no se impacienta por castigarnos.

Cuando hemos hecho algo que no agrada a Dios, sentimos que hemos fallado. Nuestro espíritu entristecido nos advierte que algo no anda bien. El profeta Joel también solía alertar al pueblo de Israel de los oscuros días que vendrían por cometer pecados. Les anunciaba terremotos arrasadores, llamas devoradoras, un día sin sol y sin luna. Pero incluso ante estos pronósticos tan desoladores, Joel profetizaba: “Por eso dice el Señor: «Vuélvanse a mí ahora, mientras haya tiempo; entréguenme su corazón. Acérquense con ayuno, llanto y luto. No se desgarren la ropa en su dolor sino desgarren sus corazones». Regresen al Señor su Dios, porque él es misericordioso y compasivo, lento para enojarse y lleno de amor inagotable. Está deseoso de desistir y no de castigar” (Joel 2:12-13).

El verdadero Dios de amor no se impacienta por castigarnos, Él está lleno de paciencia porque desea atraernos con lazos de amor y que nos arrepintamos de corazón. Antes de disciplinarnos, nuestro Padre hará todo lo posible por enviarnos señales de alerta. Él busca que voluntariamente reconozcamos nuestras fallas y que vayamos hacia Él con un corazón humilde y sincero. Recuerda, Su amor es inagotable.


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El perdón implica un cambio de actitud

No importa el pecado que has cometido, si es grave o es mínimo.

¿Alguna vez has cometido algún error grave en contra de un amigo, familiar, compañero de trabajo? Tal vez no era tu intención pero tus acciones le afectaron. Sabes que debes pedir perdón, y lo haces pero… algo falta, sientes que no es suficiente con decir “perdón”. David se sintió así cuando fue amonestado por el profeta Natán; había cometido un asesinato, y Dios le mandaba decir: “Tú has traído descrédito a mi nombre”. David clamó por un perdón, pero él sabía que esto era la parte sencilla del arrepentimiento. Ahora tenía que arreglar las cosas con Dios para poder recobrar su amistad y el gozo. En el libro de los Salmos encontramos el resultado de este proceso. Los salmos más sublimes de la Biblia los escribe David en medio de esta prueba y como efecto de ella.

Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu fiel dentro de mí. No me expulses de tu presencia y no me quites tu Espíritu Santo. Tú no deseas sacrificios; de lo contrario, te ofrecería uno. Tampoco quieres una ofrenda quemada. El sacrificio que sí deseas es un espíritu quebrantado; tú no rechazarás un corazón arrepentido y quebrantado, oh Dios (Salmos 51: 10-17).

No importa el pecado que has cometido, si es grave o es mínimo. Como David exclamaba, Dios no exige que hagas “buenas acciones” o que entregues cosas materiales para recibir su perdón. Lo que a Dios más le importa es un verdadero arrepentimiento. Es algo que no se percibe ante los ojos del hombre, pero Dios sí conoce el corazón quebrantado. En esto está nuestra victoria, en que su amor inagotable puede perdonarnos, pero arrepentirnos sinceramente implicará apartarnos por completo del pecado.

Los obstáculos llegarán

Él nos ayudará cuando más oscuros estén nuestros días

Cuando aceptamos la misericordia de Dios y nuestra vida cambia de rumbo, lo más probable es que aparezcan las dificultades. Habrá acusaciones dentro de nuestra cabeza: “volverás a caer en el pecado”, “sigues siendo el mismo”. Estas voces del enemigo tratarán de hacernos sentir como miserables, sucios, incapaces de buscar más de Dios o incluso de abrir la Biblia. En esto momento debemos comenzar a ¡clamar! Esto significa no solo pedir o rogar, sino mucho más. Es entregar nuestro corazón en oración como lo hizo David al clamar por perdón. No olvidemos que Dios ya nos dio Su promesa de perdón, de Su amor inagotable. Cuando estos pensamientos de desánimo y juicio vengan a nosotros pongámosles un alto y declaremos: “Señor sé que he pecado, lo confieso y te pido perdón. Tu amor hacia a mí será suficiente para limpiar y perdonar mi vida”.

Ahora aquellas voces comenzarán a disiparse. No son palabras que provengan de Dios, debemos desecharlas. Nuestro arrepentimiento sincero será suficiente, no tenemos que pagar nada más por nuestro pecado. El amor de Dios ha sido tan grande que un día entregó a su Hijo, Jesucristo, para que pagara por todos ellos. Cristo es ahora nuestro fiel y bondadoso abogado. Él nos ayudará cuando más oscuros estén nuestros días; nos librará de la condena de nuestras mentes: “Mis queridos hijos, les escribo estas cosas, para que no pequen; pero si alguno peca, tenemos un abogado que defiende nuestro caso ante el Padre. Es Jesucristo, el que es verdaderamente justo” (1 Juan 2:1).


 

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No obstruyas la misericordia de Dios

Debemos disfrutar de la misericordia de Dios.

Muchas veces nosotros seremos el canal de bendición para que otras personas sean perdonadas por Dios. Su propósito eterno es extenderse a todos los rincones del mundo, Su recurso somos nosotros. ¿Te ha pedido Dios que lleves Su misericordia a otras personas? Si lo hiciera hoy, ¿cuál sería tu reacción? Debemos disfrutar de la misericordia de Dios, de Su gracia día a día. No importa cuál sea la circunstancia en la que nos ponga, nuestra respuesta debe ser “sí”. No seamos como Jonás que rehusó hablar de Dios al pueblo de Nínive; huyo de la bendición que Dios tenía para su vida y fue directo a lo contrario.

Jonás era un profeta que, aunque comprendía muy bien la misericordia de Dios, no podía disfrutarla y apropiarse de ella. Para él significaba una carga. Mientras pudo, evadió la misión que Dios le había asignado: ir a Nínive a alertarlos sobre el juicio de Dios para que se arrepintieran de su pecado. En su lugar, Jonás huyó en un barco pero en el trayecto fue echado al mar, un pez gigante lo tragó y vivió en su interior por tres días y tres noches. Después de esta increíble odisea, Jonás logró llegar a tierra, ahora lo entendía todo: ¡no podía seguir evadiendo su llamado! Fue a Nínive y proclamó la destrucción por el pecado del pueblo. Ni siquiera invitó a que los ninivitas se arrepintieran, pero todos ellos lo hicieron, ayunaron, lloraron e hicieron luto por su pecado y Dios los escuchó.

Si Jonás no hubiese accedido a la voz de su llamado, nosotros no conoceríamos uno de los mayores avivamientos de la Biblia. Antes del perdón de Dios, los pobladores de Nínive eran considerados malvados y arrogantes. Jonás le confesó a Dios porque había actuado de esa manera: “Señor, tú me has mandado a las calles de Nínive, profetizando que solo quedan cuarenta días antes de que se acabe todo. Pero yo no puedo hacer eso porque te conozco. Tú te conmueves con facilidad. Las lágrimas y el genuino arrepentimiento te ablandan el corazón. Sé lo que va a pasar; ellos se van a arrepentir, y tú cambiarás de plan. En lugar de enviarles el juicio, enviarás un avivamiento y yo quedaré como un mentiroso” (Jonás 4:2). Jonás era consciente de la naturaleza misericordiosa de Dios, pero no permitía que esta fluyera a través de él.

El gozo es la clave

Una de las cosas que David clamó cuando se arrepintió de su pecado fue “vuélveme el gozo de tu salvación”. El gozo será el ancla que nos mantenga firmes cuando los sentimientos de culpa y condenación vengan a golpearnos. Debemos cuidar este gozo porque en ausencia de él volverán las acusaciones y el menosprecio hacia nosotros mismos. Sin embargo, este gozo, el gozo que proviene de Dios, no puede alcanzarse si seguimos atados al pecado. Debemos romper con todo lo que nos ata a vicios o pecados para poder vivir en la plenitud de Cristo.

Salmos 32:11 dice: “¡Alégrense, ustedes los justos; regocíjense en el SEÑOR! ¡canten todos ustedes, los rectos de corazón!”. El Dios verdadero es un Padre amoroso y tierno que está al tanto de Sus hijos. Conforme vayamos conociéndole, sabremos que no hay límite para Su bondad y su grandeza, entonces dentro de nosotros no podrá contenerse el gozo y la alegría por compartirlo a los demás: “¡Verdaderamente Su misericordia es mejor que la vida!” (Salmo 63:3).

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Crecimiento Espiritual
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