Llamados a Amar a Dios

El Padre busca adoradores en espíritu y en verdad.

Muchos de nosotros ya conocemos el versículo de la Biblia que dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu mente” (Mateo 22:37 RVR1960). Sin embargo, como dicen por ahí, “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Como creyentes podemos asistir a la iglesia frecuentemente sin tener conciencia de lo que realmente conlleva amar a Dios. En realidad, fuimos creados para tener una relación con nuestro Padre Celestial y así como Él nos ama, espera que nosotros correspondamos a ese amor en espíritu y en verdad.


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Tener una relación con Dios

¿Has pensado en la relación que tienes con Dios? ¿Cómo es? Y si no la estás teniendo y la tuviste, ¿por qué la perdiste? Si no tienes esa relación con Él, es importante recuperarla.

De nada sirve llamarnos “creyentes” si no tenemos esa relación. El verdadero significado de ser cristianos es tener a Cristo en nuestro corazón. Como creyentes en Él, es común pensar que asistir a la Iglesia es todo lo que tenemos que hacer para estar bien con nuestras consciencias y libres de culpas, sin embargo, no es así. Lo que nos hace estar bien es la presencia de Dios en nosotros. La presencia de Dios se manifiesta en aquellos que buscan su rostro, le anhelan a Él y Su relación.

Dios se manifiesta donde es buscado

Nosotros podemos ir a la iglesia con frecuencia, pero eso no quiere decir que se manifieste la presencia de Dios en nosotros.

Una de las características de Dios es que Él se encuentra en todos lados, Él es omnipresente. Dios puede estar en todo lugar y en todas partes al mismo tiempo, sin embargo, la presencia de Dios no se manifiesta en todo lugar. Dios se manifiesta donde es buscado, honrado y anhelado. Nosotros podemos ir a la iglesia con frecuencia, pero eso no quiere decir que se manifieste la presencia de Dios en nosotros. La Palabra nos dice que Su presencia se manifiesta en los que le buscan.

En Juan, capítulo 4 se menciona que “Dios es Espíritu” (ver. 24 NTV) y que debemos buscarle “en espíritu y en verdad. El Padre busca personas que lo adoren de esa manera” (ver. 23) es decir, que le honren y busquen tener esa relación con Él.


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Anhelarlo a Él y no sus provisiones

Tal vez te preguntarás: “¿Cómo puedo ser yo propicio para que Él se manifieste?”. La mayoría de nosotros le buscamos porque necesitamos Su ayuda, Su provisión, de Su sanidad y Su gracia. Todos hemos pensado buscarle para que mejore nuestra situación en el trabajo, en las finanzas o incluso para encontrar una pareja.

Como seres humanos, tendemos a buscarle para “sentirnos bien y tener de Su paz” y al ver que en nuestros límites no podemos encontrar lo que queremos, tendemos a buscarle a Él. Por otra parte, si vemos que en nuestra capacidad, dinero o fuerzas logramos esas cosas que anhelamos, dejamos de buscarle.

En nuestra vida como creyentes es un error solo buscar a Dios cuando creemos que no podemos. Un ejemplo muy sencillo es cuando nosotros como hijos buscamos a nuestro padre para que nos de dinero, pero analizando bien la situación, Él no solamente desearía que le buscáramos por tal motivo. Así, nuestro Padre Celestial, Él no quiere solamente que lo busquemos cuando necesitamos de algo.

Él es ese gran Yo Soy para suplir todas nuestras necesidades, deseos, provisión y sanidad.

Al leer la historia del llamamiento de Moisés en Éxodo 3, se nos cuenta que Dios le mostró la zarza ardiendo a la cuál le mando que no se acercará y le mandó que librara al pueblo de Israel de la mano del Faraón en Egipto, Moisés le pregunta: “¿Qué les responderé a los hijos de Israel cuando me pregunten el nombre de quién me envió?”. A lo que Dios contesta “YO SOY me envió a vosotros”. (ver. 14 RVR1960). Y así es Él con nosotros, si necesitamos algo, Él es ese gran Yo Soy para suplir todas nuestras necesidades, deseos, provisión y sanidad.

Sin embargo, Dios no llamó solo a Moisés para demostrarle su poder o sacar al pueblo de Israel en Egipto, sino que Dios los quiso llevar al desierto y a su tierra para relacionarse con ellos. A pesar de esto, Dios no pudo tener esa relación porque el pueblo no tuvo un corazón dispuesto que anhelara Su presencia. Solamente Moisés anhelaba de Él. El pueblo de Dios quería lo de Dios, pero no a Dios.

Probablemente estemos en la misma situación y peligro. Tal vez estemos queriendo lo que Dios puede darnos y no a Él mismo. Tener una vida cristiana así es estar en la cuerda floja porque lo que realmente nos da vida no es lo que Dios pueda darnos, sino Su presencia misma.

Todos morimos a algo

La Biblia nos dice en Efesios 2:1 que Dios nos dio vida cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, es decir antes de conocer a Cristo, estábamos muertos a lo todo que era de Dios y a Su presencia, pero una vez que venimos a Él, estamos muertos al mundo y ya no vivimos nosotros sino que Cristo vive en nosotros.

Podrás preguntarte ¿Qué significa lo que Pablo nos dice en esta carta? ¿Qué significa ser cristiano en este mundo? En nuestra práctica diaria, si yo quiero aprender a tener una vida verdadera como creyente en Cristo dentro de mi diario vivir en la escuela, en el trabajo, con la familia o los amigos, tengo que dejar de vivir yo para vivir en Cristo.


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Describiendo nuestra carne

¿Cómo le hago para vivir en Cristo y no vivir para mí? Pablo hace referencia a esto en Gálatas 5:17, donde menciona que “el deseo de la carne es contra el Espíritu”.

Nuestros deseos de la carne se oponen a los del Espíritu y viceversa, para que no hagamos lo que deseamos. Entonces, ¿cuál es la salida? Más adelante Pablo nos menciona en el versículo 18 que la salida es ser guiados por el Espíritu y no bajo la ley.

Pero tal vez surge otra pregunta como: “¿Cuáles son las obras de la carne que van en contra del Espíritu?”. Así como Dios se manifiesta en nosotros, también la carne se hace presente con “el adulterio, la fornicación (incluyendo cualquier práctica sexual), inmundicia, lascivia , idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas”. (Gálatas 5:19-21)

Si realmente queremos de Dios tenemos que ser radicales y como creyentes en Cristo, no podemos asistir a la iglesia y practicar tales cosas, pues quiénes lo hagan “No heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:21).

La palabra “practicar” nos da esperanza pese a que hayamos hecho éstas cosas, pues nos da oportunidad de cortar con ellas para recibir perdón, pero si permitimos que sea parte de nuestra vida, no recibiremos ni alcanzaremos el reino de Dios, quedando fuera de Su herencia, Su presencia y de Sus bendiciones.

Sabemos que somos espíritu, alma y cuerpo; éste último se refiere a lo que Dios nos dio para hacer contacto con el mundo, por medio del cual sentimos placer o dolor, mismo que contiene todos nuestros órganos, nuestra sangre y por medio de él la gente nos identifica. Además, hacemos cosas para la carne: nos bañamos, nos arreglamos, nos vestimos y comemos.

Dios utiliza la palabra “carne” para referirse a lo que hacemos para suplir nuestros deseos y anhelos, y es ahí precisamente donde aparece el pecado que está en nosotros por naturaleza y herencia desde Adán y Eva para atraernos a hacer lo que no conviene.

Decidir agradar a Dios

Tenemos que asegurarnos de que nuestra “infelicidad” no esté relacionada con un pecado no satisfecho.

El pecado toma lugar a través de nuestros deseos pues nos lleva y nos inclina a los deseos que van contra Dios y a cosas que no le agradan. La Palabra nos dice que tenemos que decidir todos los días: “¿O vivo para mí o vivo para Dios?, ¿O vivo para mis propios deseos y satisfacer mi carne o tengo una actitud de querer satisfacer el corazón de Dios?” No hay punto medio.

¿Te has preguntado por qué caemos en pecado? Por la sencilla razón de que seguimos queriendo ser el centro y satisfacernos a nosotros mismos apapachando esos deseos carnales. Ahí es precisamente donde fallamos pues un cristiano no puede estar queriendo buscar satisfacer sus propios deseos, deseos que lo único que acarrean es lucha, confusión y pecado, pues hay una batalla entre la carne y el Espíritu.

Entonces tenemos que decidir entre vivir para nosotros o cambiar nuestra actitud y vivir para Dios. No se puede vivir para dos señores, es decir, no podemos servir a Dios y a uno mismo. En Romanos 8:5 nos dice que “los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu”.

Muchos de nosotros acarreamos muerte a nuestra vida y consecuencias tales como sentimientos de tristeza, condenación o lucha porque estamos pensando en las cosas de la carne y en cómo satisfacemos esos deseos. Tenemos que asegurarnos de que nuestra “infelicidad” no esté relacionada con un pecado no satisfecho. Podemos sentirnos tristes por haber cometido un pecado o por no “poder cometerlo”.

La verdadera felicidad no está en satisfacer un deseo sino en renunciar al mismo, pensando en las cosas del Espíritu pues estas nos traen vida y paz. Debemos entender que los deseos de la carne son “enemistad contra Dios” (Romanos 8:7) sabiendo que de esa manera no le agradamos a Él.

Hemos muerto al mundo una sola vez

¿Cuándo fue el día de tu muerte?

Muchos piensan en que debemos morir todos los días a nuestra carne, pero la verdad es que no. Un claro ejemplo es pensar en alguien que ya falleció. ¿Podría esa persona morir todos los días? La respuesta es muy clara. Pablo en Romanos 6:2-4 menciona que cuando entregamos nuestra vida a Cristo creyendo que Él es nuestro Señor y Salvador, morimos al pecado y a nosotros mismos una sola vez para ser bautizados tomando la decisión de andar en una vida nueva, sin embargo, muchos continúan actuando como antes lo hacían, pese a haber tomado esa decisión.

Piénsalo así de sencillo. Sí tú ya estás muerto, ¿podría algo de este mundo moverte a actuar conforme a los deseos de la carne? Con esta interrogante nos damos cuenta que probablemente no lo estamos y no queremos morir a nosotros mismos ni a nuestros deseos pese a haber entregado nuestras vidas a Cristo Jesús. La pregunta es: ¿Qué decisión tomo en mi vida futura? ¿Viviré para mí o para Cristo? ¿Mantendré cosas en mi corazón para mi satisfacción?

Analiza tu situación: ¿Cuándo fue el día de tu muerte?, ¿Cuándo entregaste tu vida a Cristo?, ¿Recuerdas haber muerto al viejo hombre, arrepintiéndote, creyendo y bautizándote? Y desde ese tiempo para acá, ¿estás aún muerto a tus deseos o sigues igual que antes?

¿Qué puedo hacer ahora?

No se trata de negarte el contacto con el mundo y negar tu carne apartándote de todo y aislándote del mundo. La solución no está en encerrarse, alejarse y vivir fuera de la sociedad, pues el pecado sigue ahí.

La respuesta a la pregunta de “¿qué hago con mis deseos?” la menciona Pablo en Gálatas 2:20 “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios”. ¿Por qué renunciaré a mis deseos y mis pecados? La motivación no debe ser porque la gente en la iglesia o mis padres lo digan, sino porque Él me amó y se entregó a sí mismo por mí.

¡Que nuestra motivación sea la correcta! Agradar a Dios en obediencia y santidad porque Él nos amó primero y murió por nosotros.

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Viviendo en Cristo
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