Espacio

¿Hay lugar para Dios en tu vida?

(Primera Parte)

Imagina lo siguiente: Recibes una invitación para pasar un fin de semana en el lugar que desde hace tiempo deseas visitar, son amigos de tu infancia los que te invitan a pasar un tiempo divertido y prometedor. Estás ahí, leyendo la invitación, mientras te imaginas cómo serán esos días. Te emocionas, piensas que recordarán risas, viejas historias, habrá juegos y que tendrán la oportunidad de construir nuevas experiencias. ¡No puedes esperar el día para irte! Empacas, te aseguras de llevar contigo todo lo necesario para pasar un fin de semana estupendo. El camino para llegar, sonríes, estás feliz de poder vivir esa experiencia con ellos. Anhelas volver a verlos y demostrarles lo que significan para ti y el cómo aprecias la invitación que te hicieron.

Llegas al lugar, los ves de lejos y quieres acercarte a saludar pero, ¿cuál es tu sorpresa? No hay lugar para ti. Tus amigos no están en la disposición de pasar el fin de semana que esperabas; uno ocupado en el celular viendo fotos en Facebook, compartiendo el nuevo meme y esperando descargar un video, otro con pendientes de trabajo, con su computadora a un lado y al teléfono con su jefe, otro escribiendo mensajes de texto y preocupado porque su novia lo dejó en visto. No te importaba el lugar; te importaba pasar tiempo con ellos. ¿Qué sientes en ese momento?


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Más que un invitado

Hablemos ahora de Dios. Conoces versículos de la Biblia o quizás hasta formas parte de una iglesia, pero ¿es Dios parte de tu vida? ¿Se siente bienvenido en todo momento o solo algunas veces? Muchos deseamos ser bendecidos por Dios, que nos ayude y actúe a favor nuestro, sobre todo que responda cuando lo necesitamos. Pero pocas veces estamos dispuestos a ser recíprocos y esforzarnos para que Dios habite en nuestra vida y no sea como un bombero que llega, apaga el fuego y se va.

Es triste pensar que en ocasiones Dios se siente como un invitado sin ganas de ser recibido, cuando lo que desea es que estemos con Él. No hay duda de que Dios quiere bendecirnos. Dios te ama tanto que quiere hacer evidente su bendición para ti y encontrar en ti un lugar para que su gloria sea manifestada.

“Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo diciendo: «De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente»”. Hebreos 6:13-14 (RVR1960)

Es importante entender lo que significa la gloria de Dios. En la literatura bíblica, el término “gloria” es traducido del hebreo kâbôd que expresa dos conceptos generales: 1) Cualidades que producen honor o provocan admiración, tales como “honor”, “alabanza”, “estima” y 2) Peso y valía, ligados al honor y la majestad que proviene de altos cargos o realeza, “peso del esplendor”. Kâbôd también aparece en contextos que hablan de “brillo” y “luz resplandeciente” que acompañan la presencia de Dios.

Llegar para quedarse

“Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo”. Apocalipsis 3:20

Dios ha tocado a tu puerta, ha querido visitarte y no solo eso, desea quedarse y habitar en tu corazón. Quizá anteriormente hayas experimentado la gloria de Dios y quieres vivirlo de nuevo pero no sabes cómo lograrlo. ¿Cuántas veces nos ha visitado Dios sin poder entrar? ¿Por qué no podemos hacer que la presencia de Dios sea permanente en nuestra vida? La respuesta es sencilla: no hemos construido un lugar que sostenga la pesada gloria de Dios. No hay un lugar en donde sea recibido y Él pueda habitar.

Quizá la pregunta correcta a responder es: ¿qué tanto anhelamos que Dios se quede para siempre? Cuando Dios encuentra un lugar dónde es bienvenido, donde hay disposición de escucharlo y obedecerlo, donde se ha pagado el precio para recibirlo, es seguro que regresará y se quedará para habitar continuamente.


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Un lugar agradable

Volvamos a la historia del inicio ¿la recuerdas? Ahora imagina que el recibimiento de tus amigos fue diferente. Llegaste, apenas tocas a la puerta y abren rápidamente, recibiendote con una sonrisa. Te dan la bienvenida y concentran su atención en ti. Te preguntan cómo estás y si pueden ofrecerte algo de tomar. Enseguida te dicen que han preparado tu platillo favorito y trabajan en ofrecerte comodidad. No hay duda de que eres especial para ellos, están felices de recibirte y tú no puedes esconder el gusto que te da de verlos. Estás feliz de estar ahí con ellos y de haber correspondido a la invitación.

Nunca debemos perder la habilidad de honrarlo, adorarle, alabarle, de buscar y disfrutar genuinamente Su presencia.

Necesitamos entender que Dios no es cualquier invitado. Dios es el Creador del universo, el Rey de reyes. Debemos estar preparados para recibirlo. ¡Es el invitado más especial de todos! Nunca debemos perder la habilidad de honrarlo, adorarle, alabarle, de buscar y disfrutar genuinamente Su presencia. Dios no merece escuchar: “Bienvenido, pásale, estás en tu casa, ya sabes qué hacer” y enseguida ocuparnos de nuestros pendientes. Tampoco merece que veamos el reloj, esperando que se vaya a tiempo para que no nos retrase en otros compromisos. Dios no espera algo extravagante de nuestra parte, espera recibir lo mejor que tenemos para darle.

La Biblia nos enseña en el libro de Mateo 23:37-39, que Jesús lloró cuando Su pueblo, Jerusalén dejó pasar su visita. De esa misma manera Dios se entristece cuando damos prioridad a otras cosas y no destinamos un tiempo y un lugar para recibirlo. Él es nuestro invitado especial, no hay que preparar nada más que un lugar para que Él llegue y habite.

Anhelo por Su presencia

Podemos leer en la Biblia sobre el rey David, fue un hombre que anhelaba la presencia de Dios en su vida y en la ciudad donde vivía, Jerusalén. En el Antiguo Testamento, en el Segundo libro de Samuel, capítulo 6 explica que en esos tiempos la presencia de Dios se encontraba en un arca, la llamaban Arca de Dios y David quería llevarla a su ciudad. En el primer intento falló y terminó siendo un desastre, pero la segunda vez tuvo éxito.

Es posible aprender de la experiencia de David, quien anhelada sentir la presencia de Dios día y noche y no descansó hasta lograr que fuera una realidad. No fue fácil ni sencillo pero con su actitud de honra y alabanza a Dios y su esfuerzo logró ver la gloria de Dios en su vida y en su ciudad. David sabía que no bastaba con anhelar, sino de buscar la presencia de Dios como nunca imaginó que lo haría. Hizo un lugar para que Dios habitara en Jerusalén y buscó la manera de llevar el Arca de Dios a Jerusalén. ¡Ahora es tu turno y el mío!

Avivar la llama

El rey David aprendió que si deseaba seguir viendo la gloria de Dios, ¡alguien tenía que avivar la llama! David instruyó a músicos de su pueblo para que pudieran cantar y adorar a Dios las veinticuatro horas del día para mantener encendida la llama de la presencia de Dios, ¡todos los días!

“Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas y como el sonido de fuertes truenos, que decía: ¡Aleluya! Porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina. Regocijémonos y alegrémonos, y démosle a Él la gloria”. Apocalipsis 19:6-7

Dios recibe honra y alabanza en el cielo de día y de noche, ¿cómo podemos competir contra esa adoración? Dios conoce nuestro corazón, nuestros tiempos y capacidades y desea no sólo visitarnos sino permanecer en nosotros. Pidámosle a Dios la habilidad necesaria para poder hospedarlo en nuestra vida, ser adoradores verdaderos y que genuinamente busquemos construir un lugar agradable para que Él lo habite. Si estamos preparados para recibirle Él vendrá, depende de nosotros si será una visita o si vendrá para quedarse.

“Más la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”. Juan 4:23

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Crecimiento Espiritual
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