¿Por Qué, Señor?

Dios se glorifica aún a través de tu sufrimiento.

“Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman”. Romanos 8:28 NTV

¿Cuántos quisiéramos que no hubiera dificultades en la vida? ¿Cuántos quisiéramos vivir libres de padecimientos?  Constantemente en la iglesia escuchamos de gente que está pasando por un momento difícil y pide apoyo en oración. El sufrimiento existe, está aquí y en China, fuera y dentro de la iglesia; una de las cosas que decimos como cristianos es, “pues, no se le puede cuestionar a Dios, ¿verdad?”. Aunque tenemos la fe y la confianza en que Él tiene un propósito para todo eso, en el fondo nos preguntamos: “¿Por qué a mí?“.

Tal vez eres de los que ha pensado con un poco de dolor en el corazón: “¿Por qué Dios permite tantas cosas así? ¿Estoy a la deriva en mi vida, o realmente hay un Dios que me ama y tiene un propósito detrás de todas las cosas que me pasan?” A veces es difícil dejar de pensar: “¿Por qué, Dios?”. Si te ha pasado, sigue leyendo, me gustaría compartirte algo.

“¡Pero si voy a la iglesia y soy bueno! ¿Por qué, Dios?”. La vida cristiana no está exenta de sufrimiento. Esto se debe a que somos personas y vivimos en un mundo donde hay dolor y dificultades, y de hecho lo vemos en la Biblia. Los problemas son parte de la vida. Sé que hay quienes comparten el Evangelio como si fuera una fórmula de la felicidad: “¡Recibe a Cristo y serás feliz, vas a recibir bendiciones!”. Y sí, ¡es cierto! Vamos a ser felices en Él y nos va a bendecir, sólo que ese no es el Evangelio completo.


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Veamos la vida de Pablo –él era Saulo de Tarso, el mata-cristianos-: Cuando Dios lo llamó a Su servicio, le habló también a Ananías, un hombre que vivía en Damasco, y a él le pidió recibir a Saulo diciéndole, “Él es mi instrumento elegido para llevar mi mensaje a los gentiles y a los reyes, como también al pueblo de Israel; y le voy a mostrar cuánto debe sufrir por mi nombre” (Hechos 9:15-16 NTV). Imagínate que le entregas tu vida a Dios y Él te dice, “¡Felicidades! ¡Qué bueno que me diste tu vida! ¿Estás listo para padecer?”. Está fuerte, ¿no?

¿Y entonces? ¿Podré aspirar a una vida sin dolor? ¿Será posible que al llegar a Cristo no tenga problemas? Déjame proponerte una perspectiva diferente al respecto: Todo cambia cuando paso de preguntar “¿por qué?” a “¿y por qué yo no?” Quiero decir, si hasta Jesús sufrió, ¿qué tengo yo de especial para no sufrir?

Aunque no parezca, cosas buenas salen del sufrimiento, sólo necesitas cambiar tu manera de preguntar y acercarte a Dios en humildad y decirle: “Señor, ¿qué esperas de mí, de mi corazón? ¿A dónde me quieres llevar?” Y aquí se pone interesante…

El sufrimiento nos acerca a Dios

Job permaneció fiel, y sabemos que, posteriormente, Dios se glorificó y Job fue prosperado.

La primera ganancia que saco del sufrimiento es que me acerca a Dios. Sólo el hecho de preguntarle “¿por qué?” ya me hizo acercarme a Él. Cuando buscamos al Señor en nuestra necesidad y con un corazón dispuesto, Él nos consuela, nos da fuerza, nos levanta, nos da paz y nuestra carga se aligera. Pero si guardo amargura, un problemita puede bastar para alejarme de Dios y de su propósito e incluso ocasionar que envidie el ánimo de otras personas.

Hay que tener cuidado de cómo reaccionamos ante las pruebas. Mira lo que pasó entre Job y su esposa: “…le dijo: ‘¿Todavía intentas conservar tu integridad? Maldice a Dios y muérete’. Sin embargo, Job contestó: ‘¿Aceptaremos sólo las cosas buenas que vienen de la mano de Dios y nunca lo malo?’” (Job 2:9-10). La diferencia aquí es que mientras la esposa permitió amargura en su corazón, Job permaneció fiel, y sabemos que, posteriormente, Dios se glorificó y Job fue prosperado.

El sufrimiento nos acerca a las personas

La segunda ganancia del sufrimiento es que acerca a las personas. Dios usa nuestro sufrimiento para estrecharnos, romper el egoísmo en nosotros y ver la necesidad que otras personas tienen, porque la verdad a veces somos muy insensibles al dolor ajeno hasta que nos pasa a nosotros. Así aprendemos a tener compasión por otros y a amar más. No debería ser necesario porque, de hecho, Dios nos pide que nos amemos y nos bendigamos unos a otros, pero es una realidad que nuestros problemas no sólo nos quebrantan a nosotros sino también a los muros que hemos levantado alrededor.


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El sufrimientos nos recuerda al cielo

Esto no es positivismo, es fe en un Dios vivo y verdadero.

Otra bendición de pasar por sufrimiento es que nos recuerda el cielo. A veces pensamos en el cielo hasta que alguien fallece y decimos: “Ya está mejor”, “pasó a mejor vida”. ¡Pues, sí! Sabemos que en el cielo no habrá dolor ni angustia ni miedo, pero nuestros ojos sólo alcanzan a ver lo de aquí y a menudo olvidamos la vida eterna que tenemos en Cristo. El sufrimiento nos sacude para no aferrarnos a esta vida, nos hace ver que somos débiles, frágiles, y que nuestra esperanza es saber que un día vamos a estar con Él ¡para siempre!

¿Recuerdas Romamos 8:28? “Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman”. ¿Todas? ¿También mis problemas? Sí, aunque no en sí mismos, sino hasta que los dejo en manos de Dios quien es poderoso para transformar toda aflicción en bendición. Él puede sacar agua donde no hay. Esto no es positivismo, es fe en un Dios vivo y verdadero.

“¡Tú guardarás en perfecta paz a todos los que confían en ti; a todos los que concentran en ti sus pensamientos! Confíen siempre en el Señor, porque el Señor Dios es la roca eterna.” (Isaías 26:3-4) Es perfectamente normal preguntarse “¿por qué?”, aunque aún si llegara a saber, eso no cambiaría las cosas. Pero descanso en Dios, Él es el único que puede ayudarme a atravesar el problema y llegar a salvo al otro lado. Dios puede hacer que todo pase para mi bien.

Yo me pregunto, ¿qué pasaría si pusiéramos la mirada en Jesús? Veríamos sus heridas, escucharíamos sus palabras: “Dios mío, Dios mío: ¿por qué?”. Jesús llevó nuestros dolores, cargó nuestras enfermedades, nuestras maldiciones, y su sufrimiento no fue en vano porque Dios lo transformó en vida, salvación, libertad, bendición para todo aquel que crea en Él. Su sufrimiento en manos de Dios tuvo un propósito y obró para bien, esto Jesús lo sabía y por eso dijo: “En tus manos encomiendo mi Espíritu”.

Al poner en sus manos mis cargas, mis ansiedades, Él las transforma en bendición para la eternidad. Dios se glorifica a través de mi sufrimiento. “Dijo Jesús: ‘Vengan a mí todos los que están cansados y llevan cargas pesadas, y yo les daré descanso. Pónganse mi yugo. Déjenme enseñarles, porque yo soy humilde y tierno de corazón, y encontrarán descanso para el alma. Pues mi yugo es fácil de llevar y la carga que les doy es liviana” (Mateo 11:28-30).

Hay mucha gente en el mundo que ha superado pruebas en sus propias fuerzas, y eso es bueno, pero hay algo más allá, y eso es a lo que hemos sido llamados: Que no sólo logremos una victoria personal sino que nuestra debilidad traiga una victoria celestial y Dios sea glorificado en nuestra vida, y la gente pueda verlo por medio de nosotros y digan, “Tu Dios es verdadero”. Podemos alabar a Dios de muchas maneras: con nuestras ofrendas, nuestro servicio pero, ¿cuántos dicen: “Yo quiero glorificar a Dios con mi sufrimiento, con mis pruebas”? ¿Cuántos dicen: “Señor, te traigo mis cargas y mis problemas. ¡Glorifícate!”?

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