¿Por Qué Vas Tú a la Iglesia?

Nuestro motivo para buscar a Dios debe ser simplemente por amor.

¿Qué quiere Dios de nosotros? Que lo amemos. Cuando obedecemos, esa es nuestra mayor expresión de amor.

La verdad es que en ocasiones vamos a la iglesia por muchas razones menos la más importante: Buscar a Dios. En nuestra vida cristiana a veces olvidamos a Dios y lo vamos poniendo abajo en nuestro nivel de prioridad. Lo ponemos debajo de nuestros amigos, de nuestras actividades y otras cosas. Quizás a veces se te salen comentarios o tienes actitudes que no corresponden a un cristiano y te preguntas, “¿De dónde salió eso?”. Necesitamos renovar nuestro compromiso con Dios porque Él es quien nos transforma.

Somos muy parecidos al pueblo de Israel quienes estaban totalmente expuestos a la presencia de Dios. El Señor los llamaba a la montaña para revelarse ante ellos y ellos no iban porque tenían miedo; en realidad no lo conocían. Quizás estés envuelto en un ambiente cristiano, vas a la iglesia, a una célula o a un grupo de jóvenes pero en realidad no conoces a Dios. Quizás vas a la iglesia y oras cuando necesitas algo pero en realidad no conoces al Dios que te amó. Cuando no estamos buscando la presencia de Dios, el fuego se apaga y se termina la pasión; se nos olvida que lo más importante es Él.
¿Qué cosas nos pueden apartar de esa relación con Dios? Un motivo es que en muchas ocasiones el fundamento de nuestra relación no es el buscar a Dios. ¿Qué te motiva a ir a la iglesia? Quizás tengas una lista. Tal vez esperas recibir algo. “En toda la semana no oré pero el domingo voy a ir porque me urge que Dios me ayude con este problema”. A pesar de que Dios nos puede dar todas las cosas, ese no es necesariamente el motivo correcto para buscarlo. Otro motivo es la costumbre. “Es sábado, hay que ir al grupo de jóvenes”. Tal vez vamos por lo social, porque después de la reunión salen a algún lugar a dar la vuelta; quizás andas buscando novio o novia. Es bueno que haya relaciones sociales pero nuestro motivo principal debe ser el amor a Dios. Algunos van por temor. “Si no voy a la iglesia Dios me va a castigar. ¡Qué pena ver al pastor después de un mes de no asistir!”. Tal vez vayamos a la iglesia por no sentirnos mal, pero ninguna de esas debe ser la motivación para ir. ¿Qué porcentaje de tu relación con Dios describe alguno de estos motivos? Realmente no pensamos mucho en eso pues estamos perdidos en una rutina y no nos damos cuenta de que estamos poniendo otras cosas antes que Dios en nuestras vidas. Nuestro motivador principal debe ser el amor a Dios. A nadie le gusta tener una relación por interés. “Salgo con este amigo porque siempre me picha todo”. Si nuestra principal razón para ir a la iglesia y buscar a Dios no es porque lo amamos, nuestra relación va a estar a medias; no vamos a recibir todo lo que Él quiere darnos. Dios hacía todo por llamar la atención del pueblo pero ellos no reaccionaban. El problema no era Dios sino la motivación del pueblo. El amor debe ser lo principal en nuestras vidas. Cuando estemos delante de Su presencia lo único que permanecerá es el amor. “Tres cosas durarán para siempre: la fe, la esperanza y el amor; y la mayor de las tres es el amor” (1 Corintios 13:13 NTV). No importa cuantos motivos podamos tener, si el principal motivo no es nuestra relación con Dios, vamos mal; nuestro corazón anda en otro canal. “Dios es amor, y todos los que viven en amor viven en Dios y Dios vive en ellos” (1 Juan 4:16). Si nuestra relación con Dios no está fundamentada en un amor genuino, no vamos a permanecer. Quizás a veces hay motivos legítimos para faltar a la iglesia, pero cuando no hay amor, tarde que temprano te apartas.

Todos hemos estado enamorados alguno vez, ¿cierto? Cuando estás enamorado, haces todo tipo de locuras. El amor hacia otra persona nos puede motivar a cambiar y dejar de hacer ciertas cosas. El amor a Dios es lo que nos va a llevar a dejar otros intereses para perseverar en Él. Una relación no se mantiene por intereses personales, no se puede vivir del “dame, dame”. La pregunta es, ¿qué es el amor verdadero? En ocasiones podemos confundir el amor con una emoción. “Hoy me aventé tres horas leyendo la Biblia y orando”. Pero al día siguiente no hay nada. El amor no es sinónimo de servicio. “Yo ayudo en todo en mi iglesia, cuido niños, canto en la alabanza; ¡hago de todo!”. Pero caemos en el activismo y olvidamos el amor; te gusta más el guato que estar con Dios. Leer la Biblia o ir a la iglesia porque tengo que no es amor. A Dios no lo podemos engañar. La Biblia dice que “El corazón humano es lo más engañoso que hay, y extremadamente perverso” (Jeremías 17:9). Dios sabe si nuestras intenciones son genuinas, Él sabe si en realidad lo amamos o si hay otras mil razones que nos mueven para buscarlo. Quizás todos podamos decir que amamos a Dios pero, si somos muy sinceros, podremos ver que no todo lo que hacemos es por amor. Hay que asincerarnos con Dios y decir que si lo estamos buscando es por amor, no por otra cosa.

Conozcamos el amor que Dios tiene por nosotros.

Si nuestra confianza en el amor de Dios no es completa, siempre habrá barreras. Cuando falles, no sentirás que puedes acercarte a Dios. Si aún no hemos entendido lo que el amor de Dios es para nosotros, no vamos a poder fluir en un amor verdadero hacia Él. “Dios mostró cuánto nos ama al enviar a su único Hijo al mundo, para que tengamos vida eterna por medio de él” (1 Juan 4:9). Lo primero es entender que Dios nos amó primero, vio nuestra condición y se entregó por amor para rescatar nuestras vidas; Su amor no depende de nuestra condición. Dios nos amó antes aún siendo pecadores. Si entendemos que Dios nos ama tal cual somos, nuestra perspectiva va a cambiar y, sin importar lo que pueda venir a nuestras vidas, nada nos podrá separar de Su amor y en respuesta a ese amor podremos vivir una vida que le agrade. Aún cuando fallamos nos podemos acercar en arrepentimiento por Su gran amor. “En esa clase de amor no hay temor, porque el amor perfecto expulsa todo temor” (1 Juan 4:18). Si vives en una relación con Dios en la que dudas si Él te ama o si te perdonará, aún no has sido perfeccionado en Su amor. Cuando conocemos Su amor sabemos que, aún con nuestras fallas y errores, podemos echar fuera toda barrera de incredulidad y acercarnos confiadamente ante Él.

Reconozcamos nuestra condición.

No podemos llegar a Dios pensando que lo merecemos. Deuteronomio 7:6 dice, “Pues tú eres un pueblo santo porque perteneces al Señor tu Dios. De todos los pueblos de la tierra, el Señor tu Dios te eligió a ti para que seas su tesoro especial”. Si lo dejamos hasta aquí, todo está muy lindo. Pero más adelante dice, “El Señor no te dio su amor ni te eligió porque eras una nación más numerosa que las otras naciones, ¡pues tú eras la más pequeña de todas! Más bien, fue sencillamente porque el Señor te ama y estaba cumpliendo el juramento que les había hecho a tus antepasados” (7-8). Ya ahí no está tan padre. La verdad es que, si Dios nos escogió, es solamente porque nos ama, no por quién seamos o por lo que podamos hacer. Cuando entendemos esto quitamos las barreras y podemos tener comunión con Él. Lo primero es limpiar nuestras vidas y reconocer que necesitamos de Él. Con esta perspectiva nos podemos acercar en gratitud y esa gratitud se traduce en amor.

Tengamos un amor sincero y voluntario.

“No finjan amar a los demás; ámenlos de verdad” (Romanos 12:9). Podemos fingir el amor que tenemos hacia otros y hacia Dios, pero a Él no lo engañamos. El verdadero amor no es una carga; es rendir completamente nuestra voluntad. Quizás nos podamos sentir fatigados o tengamos problemas pero aún así voluntariamente entregamos nuestra voluntad sin que nadie nos obligue o que nos anden checando. ¿Por qué a veces cuesta tanto leer la Biblia? ¿Por qué a veces no dan ganas de ayudar en la iglesia? Se vuelve una carga; estamos haciendo las cosas por imposición, no porque realmente amemos a Dios. Dios nos permite elegir si lo hacemos o no porque Él desea que sea un acto voluntario. Si te invitan a una fiesta por obligación, no está padre, ¿verdad? Servir a Dios es una decisión; es algo razonado. A nuestra carne le cuesta pero, cuando tienes una actitud correcta, te das cuenta de que quizás quisieras ir a otro lado y estás consciente de que podrías hacerlo pero decides no hacerlo porque tienes un amor genuino a Dios.

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Tengamos una actitud de obediencia y humildad.

“Y ahora, Israel, ¿qué requiere el Señor tu Dios de ti? Solo requiere que temas al Señor tu Dios, que vivas de la manera que le agrada y que lo ames y lo sirvas con todo tu corazón y con toda tu alma” (Deuteronomio 10:12). ¿Qué quiere Dios de nosotros? Que lo amemos. Cuando obedecemos, esa es nuestra mayor expresión de amor. Cuando hacemos las cosas por amor, movemos Su corazón para bendecir nuestras vidas. No porque busquemos la bendición sino porque nuestro corazón desea amarlo voluntariamente. “Los que aceptan mis mandamientos y los obedecen son los que me aman. Y, porque me aman a mí, mi Padre los amará a ellos. Y yo los amaré y me daré a conocer a cada uno de ellos” (Juan 14:21). Si amamos a Dios, el resultado será obediencia. No como el niño que dice, “Estoy sentado, pero por dentro estoy de pie”. Si buscas a Dios, aunque te cueste pero sin que nadie te obligue, ahí se estará manifestando un verdadero amor por Él.

Afirmemos constantemente nuestro amor por Dios.

“Yo sé todo lo que haces. He visto tu arduo trabajo y tu paciencia con perseverancia… Pero tengo una queja en tu contra. ¡No me amas a mí ni se aman entre ustedes como al principio!” (Apocalipsis 2:2,4). La verdad es que sí podemos estar haciendo cosas para Dios y no amarlo. Si nuestro corazón o nuestra actitud no es correcta, todo lo que podamos hacer no será visto con agrado por Dios. Todos comenzamos a servir al Señor con mucho amor y mucha pasión después de que Él transforma nuestras vidas o después de que contesta una oración, pero más adelante todo se apaga. Hay que volver al primer amor lo cual es lo único que permanecerá al final.

Si no estamos arraigados en el amor perfecto que Dios nos da, no podremos conocer su magnitud. A veces, cuando en serio la regamos, no nos explicamos cómo Dios nos puede perdonar. Cuando estamos cimentados en ese amor perfecto, comprenderemos lo grande que es y como nos llena y nos hace plenos. No sé tú, pero creo que a todos nos puede pasar. Todos pasamos por una etapa en la que nos olvidamos de nuestras prioridades y nos llenamos de todo, menos de Dios y, en lugar de crecer en nuestro amor por Él, crece nuestra carne. Si no mantenemos una relación constante con Dios, no podremos conocerlo. ¿Te sientes conforme con lo que conoces de Dios? Dios nos salvó por amor, no perdonó por amor y nos restauró por amor. Todo lo que Dios hace es por amor.

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