Promesas

Es tiempo de pelear por esas promesas

No permitas que la pasividad robe las promesas de Dios para tu vida

La palabra de Dios es el mejor libro de promesas para nuestra vida y para mostrarnos el camino a seguir. Estas promesas nos llenan de esperanza y cambian nuestra visión ante las situaciones que atravesamos. El ser humano siempre tendrá limitaciones; en cualquier momento las cosas se pueden salir de nuestro alcance. El hombre por sí mismo no puede tener todo bajo su control. Pero es importante mantener la guardia, pelear con las armas que Dios nos ha dado y no permitir que la pasividad gane terreno en nuestra vida e inmovilice nuestra voluntad.


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Alguien tiene lo que necesitas

El hombre necesita a Dios en cada área y aspecto de su vida. Ya sea durante la difícil enfermedad de un ser querido o mientras pide la intervención de Dios en la restauración de su matrimonio. Sin Dios, el hombre es solo un cuerpo físico, como un pez fuera del agua.

Me fascina este versículo en Lucas 18:27 donde se muestra que lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios. Es decir, Dios puede cambiar todo lo que tú jamás podrías en tus fuerzas. Aunque el hombre usara todas tus finanzas, su prestigio o su profesión, sin Dios las cosas no son posibles.

En la vida de todo creyente siempre veremos el cumplimiento de las promesas de Dios cuando usamos la fe. Él da en abundancia a todo el que le busca y le cree. Todo ser humano es capaz de experimentar ese poder, impacto y certeza que tiene Su palabra. Dios nos ha llamado a ser un testimonio de Sus promesas escritas, para que otros comprueben que son reales.

“Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios”. (2 Co. 1:20 Reina Valera Revisada 1960).

Ninguna de las promesas de Dios falla y Él nunca las cambia. Todas nuestras necesidades serán suplidas en Su nombre. Dios anhela cumplir todas ellas en nuestra vida. Promesas de sanidad, libertad, perdón, restauración, provisión, vida eterna, sabiduría, salud y paz. Son pocas comparadas con las promesas infinitas que Él tiene para nosotros. Estas promesas solo vendrán en la medida en que nos levantemos a pelear y dejemos a un lado la pasividad.

Cuidado con la pasividad

En la Biblia nos relatan las hazañas del famoso rey de Israel: David. Él reinó por 40 años y su valiente espíritu lo llevó a grandes triunfos mientras era sensible a la voz de Dios. David, quien era un simple pastor de ovejas, fue llamado por Dios para enfrentar al temible gigante Goliat; logró vencerlo con solo cinco piedras lisas de arroyo y una lanza. En las múltiples historias de la vida de David, se aprecia cómo Dios lo fortalecía una y otra vez. Dios lo protegía en cualquier combate dándole prestigio y victoria ante todos, hasta que un día: “Aconteció al año siguiente, en el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Joab, y con él a sus siervos y a todo Israel, y destruyeron a los amonitas, y sitiaron a Raba; pero David se quedó en Jerusalén’’ (2 S. 11:1).

David tomó una actitud de pasividad. La Real Academia Española define la pasividad como la “falta de acción o de actuación”. En otras referencias bibliográficas la describen como un adjetivo que caracteriza a una persona que no hace las cosas por sí misma, sino que deja obrar a los demás, opuesta al compromiso, a la acción y a la voluntad de dirigir la propia vida. Una característica nada virtuosa.

David no era un hombre pasivo pues era muy común apreciar la pasión que tenía por servir a Dios para proteger al pueblo de Israel. Como rey, el tenía esa responsabilidad de hacerlo pues en ese tiempo todos los reyes lo hacían; sin embargo, el día que tomó la decisión de no salir a la guerra para combatir a sus enemigos, permitió que la pasividad reinara en su alma. A causa de esto sucedió algo que fue desagradable ante los ojos de Jehová.


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La pasividad devasta nuestra vida

Un día, David se paseaba por la casa real cuando vio a una hermosa mujer que se estaba bañando, la cual le agradó. Su nombre era Betsabé y era esposa de Urías. David, debilitado por la pasividad, fue incapaz de resistir a este deseo. Desafiando sus cualidades nobles, envió “mensajeros, y la tomó; y vino a él, y él durmió con ella.” 2 S. 11:4

Desde el mismo momento en que David aceptó la influencia del espíritu de pasividad, su resistencia se debilitó y ocasionó un ataque espiritual mayor: Un impulso que lo movió a pecar contra Dios. El problema no fue que David fuera un hombre lujurioso o rebelde ante Dios, sino que en un tiempo de combate y guerra prefirió quedarse en casa. ¡Que impactante!

Se necesitan compromiso y voluntad para luchar

Debemos saber que en el momento en que aceptemos un espíritu de pasividad, también podremos esperar que una tentación fuerte se aproxime a nuestras vidas. ¿Cuál es esa Betsabé que pudiera aproximarse y hacerte pecar contra Dios? Los tiempos de pasividad son un foco de alerta pues son realmente peligrosos si no actuamos de inmediato. Se necesitan compromiso y voluntad para luchar. Tal vez esa Betsabé pudiera ser algún divorcio, una infidelidad, pornografía; incluso pudiera ser desde una mentira hasta un chisme contra alguien.

Cualquiera que sea el área de debilidad en tu vida, Satanás la usará en tu contra y te atacará. Probablemente no sea un asalto directo o de frente, puede ser algo lento y sutil, si tú primero bajas la guardia y te relajas en tu lecho, como David lo hizo mientras descansaba (2 S. 11:2). El enemigo puede desarmarte usando esa pasividad. Si lo logra, te encontrarás envuelto en algo que puede devastar tu vida y la de tus seres queridos. En un abrir y cerrar de ojos pueden robarte las bendiciones de Dios.

Nosotros al igual que los reyes también estamos en tiempo de guerra. El Espíritu de Dios nos llama a pelear por nuestra alma, así como también por nuestra familia, ciudad y nación. De hecho, la Palabra de Dios nos revela que: “Jehová saldrá como gigante, y como hombre de guerra despertará celo; gritará, voceará, se esforzará sobre sus enemigos.” Is. 42:13

Usa las promesas de Dios

Dios no es un Dios pasivo, Dios se deleita cuando salimos al combate, cuando tomamos sus promesas, las creemos y las usamos para declarar sus bendiciones. No olvides que el enemigo vino para matar, robar y destruir todo lo que Dios ya nos dio en la cruz. Deja de cederle tu mente al enemigo ante la duda y ante la pasividad. Deja de pronunciar las palabras: “Es que no sé si Dios quiera”. ¡Por supuesto que quiere! Él anhela llenarte de vida y bendiciones pero haz tu parte: esfuérzate y sé valiente.

A pesar de la situación en la que te encuentres, toma todas las promesas que están escritas en la Palabra de Dios y decláralas. Únete a los reyes que decidieron salir a guerrear, únete a tus hermanos en la fe y salgan al combate.

Dios te dio una vida con autoridad y esto significa que te ha llenado de fuerza y poder para hacer más de lo que piensas y anhelas. Serás realmente vencedor si llevas ese espíritu de valentía y clamor de guerra de Dios.

Deja de resistir al llamado de la oración y acepta que fuiste llamado al cumplimiento de las promesas de Nuestro Señor y a la constante guerra espiritual. Esas son nuestras verdaderas armas que Dios nos ha dado, para glorificarse en todas nuestras situaciones.

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Crecimiento Espiritual
Hay un Comentario sobre este artículo
  • Anónimo
    20 agosto 2017 at 9:14 am

    Hermosa enseñanza me dio Dios esta mañana si me paso encerrada en mi casa más mal me siento y ya entendi porque. Gracias

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