Amigo

Todos necesitamos un amigo

La palabra amigo se refiere a una relación estrecha y de confianza

¿Recuerdas a ese mejor amigo (a) de la infancia con el (la) que siempre pasabas tiempo en el receso y además pasaban las tardes juntos jugando y platicando y además lo veías todos los fines de semana? Si meditamos sobre esa amistad y el tiempo invertido podemos llegar a la conclusión de que su amistad requirió de mucho tiempo para fortalecerse.

Si hacemos un aproximado del tiempo promedio invertido a esa persona por una semana podemos decir que un total de 6 a 8 horas le dedicábamos tiempo; y multiplicado por un año nos da una cantidad de 416 horas; ¡imagina cuánto es eso en años! Es un tiempo que nunca podrás regresar ¿Cierto? Y a decir verdad, el tiempo invertido a esa persona valió la pena, pues hubo momentos de diversión, convivencia, la confianza se fortalecía día con día y tenían una relación de afecto, comunicación y ayuda mutua. Al igual que con tu mejor amigo de la infancia, con el cual compartiste tantos momentos, Dios anhela con todo Su corazón que inviertas tiempo a Él para que su relación se fortalezca a través de Cristo Jesús.


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Jesús, un amigo ejemplar

Tener tiempos de intimidad con Dios es un regalo excepcional que tenemos a nuestro alcance. Todo lo que Dios pueda darnos físicamente no se compara con la amistad que Él nos entrega. Dios; el Creador, el Señor, el Maestro, Juez, Redentor, Padre y Salvador del mundo desea tu amistad. Pero ¿Por qué el Creador desea tanto nuestra a amistad con Él, si Él es Todopoderoso?

Al principio de la creación, Dios tenía una amistad con el hombre. En el jardín del Edén, Adán y Eva disfrutaban de una plena amistad con su Creador. En ese tiempo, ellos podían llamar a Dios e inmediatamente se hacía presente. Ellos escuchaban la voz de Su amigo fiel y tenían constante comunicación. Esa relación de amistad era única, pura y recíproca; sin estorbos, sin temor, sin culpa ni maldad.

“Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Jn. 15:13 Reina Valera Revisada 1960).

Él nos creó para vivir continuamente en Su presencia, pero a raíz de que el pecado entro en la vida del ser humano, esa amistad se estropeó. Gracias a Jesús, cambió esa horrible situación. Jesús se entregó y pagó nuestra maldad en la cruz para regresarnos nuevamente esa amistad y cercanía con Nuestro Padre. Jesús mostró Su amor y amistad para con nosotros, cuando fue desangrado en la Cruz.

Imitando a Jesús

En la actualidad, se ha visto cómo las amistades día con día se quebrantan, se alejan uno del otro, buscan intereses propios por encima de su compañero, e incluso deja de existir esa reciprocidad de entrega. En el Antiguo Testamento, se aprecian muchas historias donde Moisés y Abraham se les llamó “amigos de Dios”. David tenía “un corazón conforme a la voluntad de Dios”; además Job, Enoc y Noé tenían una amistad íntima con Él.

Dios no solo anhela esa intimidad y amistad con nosotros, si no también desea que seamos un amigo (a) ejemplar para con los demás; un amigo que se entrega, que se interesa por las situaciones personales del otro y que nunca lo deja solo; ese amigo que está disponible para cuando se le llame, así como Jesús.

“Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero !!ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante” (Ec. 4:9-12).

¡Qué increíble es entender en este versículo que Dios mismo considera importante el estar junto a alguien en amistad! Dios muestra que una amistad nos puede ser de mucha bendición para levantarnos unos a los otros y no dejarnos caer. Él muestra Su amistad con nosotros mandando personas a nuestra vidas para motivarnos, darnos una palabra de aliento y esperanza cuando las cosas no van como esperamos.

¿Cómo ser amigos de Dios?

La amistad con Dios sólo es posible por Su gracia y el sacrificio de Jesús. Dios nos reconcilió por medio de Cristo, nos transformó de enemigos a amigos. La palabra amigo se refiere a una relación estrecha y de confianza.

1.- Mantén una conversación constante

Asistir a la iglesia o pasar un rato a solas con Él no significa que mantengamos una relación estrecha con Dios. La amistad con el Señor se cultiva cuando compartimos todas nuestras vivencias con Él: lo que sentimos, pensamos, nuestros más íntimos secretos y nuestras dudas. “Orad sin cesar” implica conversar con Dios mientras conducimos el auto, mientras hacemos las compras, trabajamos, estudiamos o desarrollamos cualquier otra tarea cotidiana.

En el Edén, la adoración no era un acontecimiento al que había que asistir, era una actitud ininterrumpida

Existe el concepto erróneo de que “pasar tiempo con Dios” significa estar a solas con Él. Por supuesto, conforme al modelo que nos enseñó Jesús, necesitamos pasar tiempo a solas en Su presencia. Pero eso representa apenas una fracción del tiempo que estamos despiertos. Todo lo que hacemos puede ser “tiempo que pasamos con Dios” si lo invitamos a acompañarnos y somos conscientes de Su presencia en nuestro diario vivir. En el Edén, la adoración no era un acontecimiento al que había que asistir, era una actitud ininterrumpida; Adán y Eva estaban en comunión constante con Dios. Como Él está con nosotros todo el tiempo, no hay un lugar donde podamos estar más cerca de Él que donde nos encontramos ahora mismo.

La Biblia nos dice que debemos “orar en todo tiempo”. ¿Cómo es posible hacer eso? Una manera es usar “pasajes cortos de las Escrituras”: “El Señor es mi Pastor nada me faltará”. “Dios es mi salvación, confiaré en Él”. “Tú eres mi Dios”. Podemos orarlas tan seguido como sea posible para que se graben a fondo en nuestro corazón a fin de honrar a Dios.

Practicar Su presencia es una destreza, un hábito que se puede desarrollar. Así como los músicos practican todos los días para tocar melodías hermosas con gran habilidad, debemos conscientemente dedicarnos a pensar en Él varias veces al día. Debemos entrenar nuestra mente para recordarlo y tenerlo presente. David lo tenía presente 7 veces al día (Sal. 119:164).


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2.- Medita en Su palabra continuamente

La segunda manera de asegurar una amistad con Dios es pensar en Su Palabra durante el día. Eso se llama meditación, y la Biblia repetidas veces nos exhorta a meditar en quién es Él, lo que ha hecho y lo que ha dicho. No podemos ser amigos de Dios si no sabemos lo que a Dios le agrada o no mediante la lectura de Su palabra. No podemos amarlo si no lo conocemos. En ella encontramos que Él se revelaba a Samuel y le comunicaba Su palabra.

Cuando le damos vuelta y vuelta en la cabeza a un problema, decimos que tenemos una preocupación. Cuando pensamos en la Palabra de Dios y le damos vuelta en nuestra cabeza, le llamamos meditación. Si sabemos cómo preocuparnos, ya sabemos como meditar. En vez de pensar con insistencia en nuestros problemas, necesitamos cambiar la atención hacia las Escrituras. Cuanto más meditemos en las Escrituras, tendremos menos de qué preocuparnos.

Dios consideró a Job y a David sus amigos porque valoraban Su Palabra por encima de todas las demás cosas. Pensaban en ella continuamente en el transcurso del día. David dijo: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación” (Sal. 119:97).

Cuanto más tiempo dediquemos a repasar lo que Dios dijo, más entenderemos los “secretos” de esta vida que pasan inadvertidos para muchas personas

Los amigos comparten sus secretos; Dios compartirá los de Él con nosotros si desarrollamos el hábito de reflexionar en Su Palabra durante el día. Él le contaba Sus secretos a Abraham, Daniel, Pablo, los discípulos y muchos más. Dios te contará los suyos mientras busques meditar Su palabra. Cuanto más tiempo dediquemos a repasar lo que Dios dijo, más entenderemos los “secretos” de esta vida que pasan inadvertidos para muchas personas. Desarrollemos la práctica de repasar la verdad de Dios en nuestra mente.

“Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1:8).

Dios ordenó a Josué que meditara en la palabra, que hiciera conforme lo que estuviera escrito y que si no lo hacía, no podría con la responsabilidad de guiar a un pueblo tan numeroso y obstinado; además de que se enfrentaría a enemigos muy fuertes. Josué encontró su delicia en la meditación y en la comunión con Dios, y a pesar de que perdió una batalla, Él le volvió a levantar para seguir adelante en la tarea que le había encomendado.

Es momento de entregar nuestra amistad a Dios, de tener intimidad con nuestro Señor y de fortalecer nuestro diálogo con Él. Él esta en espera y te recibirá. “Vuelve ahora en amistad con él, y tendrás paz; Y por ello te vendrá bien” (Job 22:21).

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Crecimiento Espiritual
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