¿Conoces Tu Verdadera Identidad?

Tú tienes una identidad en Cristo.

La primera cosa que debemos entender cuando estamos en Cristo es que somos hijos de Dios.

Quiero hablar acerca de la obra del Espíritu Santo. Cuando venimos a Cristo nos damos cuenta de que aún hay cosas por las cuales atravesamos como pensamientos, actitudes y deseos que pensamos que ya habíamos dejado atrás. Cuando nos encontramos con estas cosas nuestra respuesta natural es ocultarlo. Pensamos, “Qué pena que siendo cristiano sigo teniendo estos deseos.” Entonces comienza una vida de doble cara. En la escuela somos de una forma y en la iglesia de otra. Cuando esto ocurre, dejamos de avanzar. ¿Sabías que Dios tiene una voluntad para ti? Dios tiene un deseo, un proyecto contigo. Él quiere llevarte a algo; quiere que tú crezcas. Si Él nos alcanzó, no nos alcanzó solamente para que seamos salvos. Pensar que el ser salvo es solo para irse al cielo es muy egoísta. Somos salvos para que la obra de Dios se haga en nosotros, para que seamos transformados y para que, al ser transformados, le demos gloria a Él. De no ser así, bastaría con arrepentirnos antes de morirnos. Pero no necesariamente te lleva Dios después de salvarte porque ahora viene el caminar con Cristo para que Cristo sea formado en nosotros.

Necesitamos crecer

El propósito de Dios en la vida cristiana es que crezcamos y seamos transformados. ¿Sabes que Dios tiene un deseo para ti? No, no es que seas rico o que tengas un mejor automóvil. Eso es parte de la vida y quizás Dios te lo dé pero no es Su meta. Su misión es rescatarte del pecado y formar Su carácter en ti.

En los tiempos en los que se utilizaba el telegrama como medio de comunicación, en cierta oficina buscaban llenar una vacante como telegrafista. Cuando un aplicante llegó, se encontraban ya unas siete personas esperando en la fila. De repente, el muchacho que acababa de llegar se pone de pie y camina directamente hacia la oficina. El resto de las personas se quedaron viendo sorprendidos. Un momento después sale de la oficina el entrevistador para anunciar que la vacante acababa de ser ocupada. Los prospectos se quejaron enérgicamente y reclamaron que ellos también tenían derecho a una entrevista. Lo que ellos no entendieron fue que el entrevistador estuvo pidiendo mediante un sonido en código morse que alguien pasara pero nadie había entendido el mensaje.

Debemos estar siempre expectantes. Cuando vamos a la iglesia sin expectación, nos volvemos religiosos. Nos convertimos en sepulcros blanqueados. ¿Qué es lo que Dios espera que hagamos con lo que somos realmente? ¿Lo maquillamos? ¿Lo ocultamos? La vida cristiana es mucho más que una cultura, saber canciones o hablar de cierta manera. No es una apariencia. Es que el carácter de Cristo sea formado en nosotros. Es formatear nuestro ser. Es como cuando en ocasiones un disco duro formateado para Mac no funciona en una PC. Nuestro disco duro del mundo no funciona con Cristo; necesitamos reiniciarlo. Alguna persona dijo, “Dios te ama como eres y te ama tanto que no te quiere dejar igual.” Dios quiere poner en ti fortaleza y poder espiritual para resistir la tentación. Dios quiere llenarte de Su presencia para glorificarse en tu vida y para hacerte a Su imágen. ¿Qué hacemos con todo aquello que está escondido? ¿Lo ocultamos? Dios quiere que se lo traigamos; que seamos honestos delante de Él. Muchos jóvenes luchan en su vida cristiana porque quieren aparentar que están bien. A Dios no lo podemos engañar. Él ve nuestros pensamientos, nuestros deseos y nuestro corazón. Él nos conoce tal cual somos. Él sabe qué hay en nuestro interior.

Necesitamos una identidad

La primera cosa que debemos entender cuando estamos en Cristo es que somos hijos de Dios. ¿Y qué es exactamente lo que te hace ser un hijo de Dios? Muchos jóvenes viven su vida cristiana tratando de ser “buenos” y caen en el engaño de ser buenos para sentir que están bien con Dios. Es una costumbre equivocada pensar que porque somos buenos y nos portamos bien “merecemos a Dios”. Lo que resulta es que cuando te portas bien sientes que puedes recibir de Dios, pero ¿qué pasa cuando te portas mal? Te sientes como un perdedor y tienes que esconder tus fallas y pretender. Lo que te hace ser un hijo de Dios es creer en Jesús. Eres un hijo de Dios simplemente por lo que Él ha hecho en ti.

El libro de Números nos dice que Moisés hizo una serpiente de bronce por orden de Dios para sanar a aquellos que fueran mordidos por las serpientes en el desierto. Cuando alguien era mordido, bastaba mirar a la serpiente para ser sano. Tu y yo hemos sido “mordidos” por el pecado y somos salvos únicamente por voltear hacia la cruz. “Pero a todos los que creyeron en él y lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios” (Juan 1:12 NTV).

No todas las personas son hijos de Dios. Todos somos creación de Él pero Sus hijos son aquellos que creen en Jesús y le reciben. Nuestro corazón es malo, engañoso y perverso, “pero si confesamos nuestros pecados a Dios, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Dios sabe que en tu corazón sigue habiendo cosas que deben ser transformadas. Pero Su amor es tan grande que Él está dispuesto a perdonarte si tú estás dispuesto a cambiarlas. Dios está dispuesto, pero la primera cosa importante es que debes estar seguro de tu identidad. La identidad del cristiano es ser hijo de Dios, no por lo que hace, sino por creer. Somos hijos de Dios aún sin merecerlo. Yo veo en muchos jóvenes una lucha porque el Diablo los ha engañado para perder su identidad. Recuerda que lo que tú crees que eres es lo que haces. Eres un hijo de Dios por creer en Cristo. ¿Puedes abrazar eso en tu corazón? Satanás intentó tentar a Jesús preguntándole, “Si eres el Hijo de Dios” (Mateo 4:3). Jesús no tenía que comprobar nada; no tenía nada qué demostrar. Cuando tú estás seguro de quién eres, no necesitas demostrarlo. Muchos intentan demostrar que son hijos de Dios porque en el fondo no están seguro si lo son. Cuando tú sabes quién eres, eres libre para servir y para amar a otros. Eres libre, incluso, para amar  los que te odian porque eres un hijo de Dios. Jesús lavó los pies de los discípulos. Lavó los pies de Pedro y Judas sabiendo que “que el Padre le había dado todas las cosas en las manos” (Juan 13:3 RVR1960) y “los amó hasta el fin” (Juan 13:1). Él no lavó los pies de los discípulos para apantallarlos. El hacerlo no lo hacía más ni menos porque Él estaba seguro de quién era. Hay personas que van a un restaurante y tratan a los empleados como si fueran menos o personas que tratan a trabajadores domésticos como si fueran esclavos. No están seguros de quiénes son.

¿Por qué no hay un cambio? Porque hay engaño; porque no somos honestos con Dios. Dice David en el Salmo 32 que mientras callaba sus huesos envejecían. Muchos jóvenes están cansados y desgastados espiritualmente porque intentan cambiar y lo intentan por un tiempo pero fallan y se desaniman. Ahí está el error. Te tengo una mala noticia: así como tu no podías ser hijo de Dios si no fuera porque Él te hizo tal, tú no puedes cambiar por ti mismo. Tú puedes hacer ajustes; puedes hacer un poco de apariencia pero no puedes cambiar de corazón. Tú no puedes limpiarte de tu maldad ni arrancar de raíz lo que está en tu vida. No tienes la capacidad ni la autoridad. El único que puede hacerlo es Dios. Así como no puedes ser hijo en tus fuerzas tampoco puedes ser limpio en tus fuerzas. Es Dios quien nos hace santos; no es algo que nosotros podamos hacer. ¿Podremos acaso producir santidad? Dios no nos está pidiendo un cambio en nuestras propias fuerzas; Dios te pide tu corazón. Quizás piensas “Dios, esta vez te fallé pero te prometo que la próxima vez no lo haré”. No vamos a poder. “Pues Dios trabaja en ustedes y les da el deseo y el poder para que hagan lo que a él le agrada” (Filipenses 2:13 NTV). Vemos que Pablo entendió esto cuando dijo, “Pero hay otro poder dentro de mí que está en guerra con mi mente. Ese poder me esclaviza al pecado que todavía está dentro de mí. ¡Soy un pobre desgraciado!” (Romanos 7:23-24). ¿Te sientes como un desgraciado? “Por lo tanto, ya no hay condenación para los que pertenecen a Cristo Jesús” (Romanos 8:1). Dios no te condena. Si tú eres honesto de las cosas con las que cargas en tu vida, Él no te condena.

Le trajeron a Jesús a la mujer adúltera (que, por cierto, también le debieron haber traído al hombre) y Él no la condenó (Juan 8:1-11). Jesús no le dijo que estuviera bien el adulterio; Él le dijo que no pecara más. Muchos se sienten condenados por la realidad en su corazón y no pueden cambiar y no pueden ser libres porque sienten que están mal.

El único que tiene la autoridad para condenarnos no lo hace porque nos ama. ¿No te da gusto eso? Dios decide aceptarnos y transformarnos a pesar de que no lo merecíamos. Él es un verdadero Padre. El Diablo quiere que tengamos una idea equivocada acerca de quién es Dios; quiere que vivas en tu esfuerzo humano para cambiar. ¡Olvídalo! “Así que acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos” (Hebreos 4:16). Tú y yo tenemos la oportunidad de venir a la presencia de Dios sin condenación y decir “este soy yo”.

Muchos tienen luchas y pensamientos de inseguridad. Tienen temor al futuro, temor a no ser prósperos o temor a fracasar en una relación. Necesitamos ser honestos y permitir que el Señor nos transforme. Hay jóvenes que luchan con pecados sexuales, inmoralidad o masturbación y verdaderamente quieren dejarlo pero siempre regresan porque en el fondo no ha habido un cambio. Digamos el día de hoy como David, “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu fiel dentro de mí” (Salmos 51:10).

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Viviendo en Cristo
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