Libres

Verdaderamente Libres

¿Cómo estoy espiritualmente?

Actualmente, nuestra generación concentra gran parte de su atención en lo físico, la salud, lo material, los recursos que tenemos, los estudios y nos preocupamos mucho por las apariencias y por cómo nos perciben los demás. Pasa lo mismo con el bienestar emocional: Cómo me siento, si estoy feliz, si tengo amigos, si me divierto. Bien, pues hay algo mucho más importante que cómo estamos físicamente o emocionalmente, y esto es: Cómo estamos espiritualmente. ¿Somos verdaderamente libres?

En cuanto a lo físico y a lo emocional, es fácil aparentar estar bien porque podemos, de cierta manera, controlar lo que queremos que la gente vea de nosotros y por lo tanto, la impresión que damos. Pero estos dos aspectos dependen de cómo estamos espiritualmente. El único que tiene la autoridad para definir nuestro estado espiritual y ayudarnos a estar bien es Jesús.

Cualquiera de nosotros puede asistir a la iglesia con su mejor sonrisa, sentarse en la primera fila de frente al pastor mostrando su rostro angelical y nadie sospecharía si hay algún problema, porque el único que puede ver claramente los corazones es Dios. Una pregunta difícil, e incluso arriesgada, que deberíamos atrevernos a hacerle al Señor es: “¿Cómo estoy espiritualmente?”. Yo creo que muchos nos iríamos de espaldas.

Basta de Apariencias

“La gente puede considerarse en lo correcto según su propia opinión, pero el Señor examina el corazón”. Proverbios 21:2 NTV

Todos podemos decir: “Estoy bien”, y aún justificarnos porque vamos a la iglesia o porque creemos en Dios. El versículo anterior dice que todos podemos considerarnos rectos en nuestra propia opinión, pero ni la opinión mía ni la tuya ni la de nadie determina si estamos en lo correcto o no. Es Dios quien lo hace. “(Algunas personas) se consideran puras en su propia opinión, pero están sucias y no se han lavado” (Proverbios 30:12).

Pon atención: No hay nada peor que autoengañarte creyendo que eres limpio en tu propia opinión y que no tienes nada que cambiar, y llegar a pensar que estás mejor que otros. La cuestión no es qué piensas de ti mismo porque el que pesa los corazones es Dios.

No creas que Dios está siempre viendo y señalando lo malo de ti, ¡no te sientas condenado! Él no está en el papel de policía buscando atraparte por tus delitos. ¡Dios es amor! Sólo que el hecho de que Él sea amor y misericordia no significa que podemos sentarnos y pensar que no hay nada de malo en nuestro corazón o compararnos entre nosotros para sentirnos mejores. Lo que sí deberíamos hacer diariamente es orar: “Señor, muéstrame cómo está mi corazón porque no quiero que haya nada que me impida vivir la plenitud en la que tú me ofreces vivir”.


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¿De Qué Somos Libres?

“Así que, si el Hijo los hace libres, ustedes son verdaderamente libres”. Juan 8:36

Estas son palabras clave: “Si el Hijo te hace libre, serás verdaderamente libre”. ¿Quién nos puede liberar, perdonar y limpiar? Solo Jesús. La verdadera limpieza espiritual no viene por obras o por ser positivos y tener buenos pensamientos. Solo Jesús te puede limpiar. Ahora leamos la segunda parte del versículo, donde Jesús habla de una libertad verdadera.

Cristo vino a hacernos libres, pero… ¿de qué? No de una esclavitud física, sino del pecado. Todos hemos caído en el pecado y estamos apartados del Padre por causa de este, pero Jesús tiene el poder para darnos libertad. Todos hemos permitido que el pecado nos dañe, que lastime y ate nuestro corazón con cadenas y que siembre cosas en nuestra vida que nos han afectado espiritualmente y lo que Jesús está diciendo es que la única manera de ser libres verdaderamente es si el Hijo nos hace libres.

“Él mismo cargó nuestros pecados sobre Su cuerpo en la cruz, para que nosotros podamos estar muertos al pecado y vivir para lo que es recto”. 1 Pedro 2:24

 

Nuestro Señor llevó nuestros pecados en Su cuerpo para que nosotros podamos estar muertos al pecado y vivir correctamente delante de Dios en la verdad, en obediencia y santidad. Él hizo lo que para nosotros era imposible. Tal vez hay en ti el anhelo real de vivir correctamente, pero es una realidad que has permitido pecado en tu corazón el cual el diablo ha logrado usar para mantenerte atado y tocar tu vida. Sin embargo, hay esperanza en Cristo, quien destruyó esa influencia para liberarte de la consecuencia de tu pecado y darte vida. A eso vino Jesús al mundo.

El acto más grande y más maravilloso que Jesús hizo por ti fue romper el poder que el pecado tenía sobre ti.

Tristemente, muchos no entienden la importancia que tiene el que seamos libres de las cadenas del pecado y tener acceso a esa libertad. Muchos no sienten la necesidad de que esto suceda en su corazón. Hay quienes están conscientes de la importancia de ser libres de otras cosas (un mal gobierno, de una deuda, un mal hábito, de la suegra, etc.) pero no de la necesidad de ser libres de las ataduras del pecado. Tal vez nos veamos como si todo estuviera en orden, pero dentro podemos estar encadenados a deseos, a pensamientos, e incluso a consecuencias de pecados, y no vivir en libertad.

Estas personas pueden encajar en alguno de los siguientes tres grupos:

1.- “Así estoy bien”.

No hay actitud de cambiar. En vista de sus fallas se sienten mal, avergonzados y desanimados pero con el tiempo se acostumbran a lo malo y lo empiezan a ver normal. Eso es lo que está pasando en nuestra sociedad hoy en día: A lo malo llaman bueno y a las cosas de Dios las ven mal. Y su lema es: “Respétame, cada quien tiene su manera de pensar”.

Lo peor es que siendo cristianos tengamos esa misma actitud porque eso no es de Dios. Él quiere que seamos mansos y le permitamos obrar en nosotros. El peligro de no buscar ser libre de cadenas es que te vuelves espiritualmente mediocre. El pecado nos destruye, no podemos verlo normal. Dios es bueno y misericordioso, pero no para dejarnos vivir en pecado sino para día tras día darnos la oportunidad de dejarlo.

2.- “Mis cadenas no son tan feas como las del otro”.

Estas personas pueden saber que han pecado, se avergüenzan de él pero se comparan con los demás y los juzgan, perdiendo de vista su propio corazón. No cambian, ni se arrepienten ni se corrigen porque les importa más ser el “menos peor” entre los pecadores.  

Algunos podrían pensar: “Yo nunca tuve problemas fuertes con el pecado, sólo he cometido pecaditos”, pero ante Dios no hay tal cosa como pecados chicos o grandes, o mejores o peores que otros. “Porque Tú no eres un Dios que se complace en la maldad; el malo no habitará junto a ti” (Salmos 5:4 RVR1960). Dicho de otro modo: no podemos estar en presencia de Dios teniendo cadenas, no importa cuán bonitas sean.

Yo entiendo que hay pecados que podemos cortar fácilmente y hay otros que nos son más difíciles de dejar, y tenemos que orar mucho, entrar en intimidad con Dios a exponer nuestra condición y nuestra debilidad, y clamar por el poder de Su Espíritu para vencer. Esto podría incluso requerir un lugar, tiempo y cierto sacrificio. Yo no sé si alrededor mío alguien está librando una gran batalla. Cualquiera podría reincidir en un pecado con el que esté luchando. Pero no hay que confundir un corazón en batalla con un corazón que deja de anhelar la ruptura de sus ataduras.

Todo mundo quiere de Dios la gracia, el amor y la misericordia; no lo recto, o la verdad. Dios es una cosa, y también es la otra. Toda la gracia sin verdad es libertinaje, mientras que verdad sin gracia es condenación, pero verdad más gracia es salvación y vida. El amor de Dios te agarra con fuerza, te lleva contra la esquina y te confronta con tus pecados y te dice: “¡Suelta eso!”.


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3.- “Yo no necesito que me liberen de nada”.

El tercer tipo de persona es el que corre más peligro, ya que no siente la necesidad de un Salvador, esto es, descalificar lo que Jesús hizo en la cruz.

Creen que ellos solos se pueden salvar, piensan que las buenas obras y el servicio se pueden equilibrar en una balanza con su pecado y así aminorarlo. Primero cometen un pecado y luego leen la Biblia, para borrarlo. Esa no es la motivación del servicio, eso no traerá libertad ni podrá limpiarte sino Jesús. Muchos piensan que pueden tratar con el pecado metiéndole cosas buenas. Llegan al error de pensar que en el día del juicio Dios se va a quedar tan apantallado con lo bueno que hicieron que va a pasar por alto lo malo. Pero no, las cadenas seguirán ahí si no tratan el asunto como debe de ser.

Tienes pecado en tu vida, ¿cómo vas a tratar con él? ¿Lo vas a ver normal? ¿Vas a disimularlo y permitirlo mientras nadie se dé cuenta? ¿Vas a compararte con otros y pensar que no estás tan mal? ¿Vas a luchar con él en tus fuerzas? ¿Cuál es la manera en que Dios nos pide que tratemos con el pecado?

No Estás Solo

Lo primero que tenemos que hacer es reconocer nuestro pecado, debemos reconocer que hay ataduras en nuestro corazón que no hemos podido romper.

 

“Yo sé que en mí, es decir, en  mi naturaleza pecaminosa no existe nada bueno. quiero hacer lo que es correcto, pero no puedo. Quiero hacer lo que es bueno, pero no lo hago. No quiero hacer lo que está mal, pero igual lo hago” (Romanos 7:18-19 NTV). El primer paso en el programa de rehabilitación de un alcohólico es reconocer que es un alcohólico. Muchos cargamos cosas y no podemos soltarlas porque no reconocemos que las traemos a cuestas. Mientras no lo reconozca y lo ignore e invente excusas, el pecado me va a controlar.

“¡Soy un pobre desgraciado! ¿Quién me libertará de esta vida dominada por el pecado y la muerte? ¡Gracias a Dios! La respuesta está en Jesucristo nuestro Señor. Así que ya ven: en mi mente de verdad quiero obedecer la ley de Dios, pero a causa de mi naturaleza pecaminosa, soy esclavo del pecado” (Romanos 7:24-25).

El único que puede hacernos verdaderamente libres es el Hijo de Dios.Por lo tanto, ya no hay condenación para los que pertenecen a Cristo Jesús; y porque ustedes pertenecen a él, el poder del Espíritu que da vida los ha libertado del poder del pecado, que lleva a la muerte” (Romanos 8:1-2). 

¿Qué podemos hacer para que el pecado no nos controle? Romanos 6:4 tiene la respuesta: “Pues hemos muerto y fuimos sepultados con Cristo mediante el bautismo; y tal como Cristo fue levantado de los muertos por el poder glorioso del Padre, ahora nosotros también podemos vivir una vida nueva.”

Seamos Honestos

Un engaño de muchos cristianos es que no tienen deseos pecaminosos, pero hay que ser honestos, a todos nos pasa. La solución para eso hacernos el hábito de cerrarles la puerta cuando se presenten esos deseos y pensamientos, no alimentarlos, no permitir que cumplan su propósito destructor. Cada vez que digas “no” a tu carne, vas a estar resucitando a una vida nueva. No te quedes a medio camino. Si antes alimentabas algo que no era de Dios y has decidido poner un alto, lo lógico es que ahora alimentes lo que sí es de Dios. Dedica más tiempo a adorarlo, al estudio de la Palabra, al servicio, y toda tu vida va a ser transformada.

“Dado que fuimos unidos a él en su muerte, también seremos resucitados como él. Sabemos que nuestro antiguo ser pecaminoso fue crucificado con Cristo para que el pecado perdiera su poder en nuestra vida. Ya no somos esclavos del pecado. Pues, cuando morimos con Cristo, fuimos liberados del poder del pecado”
(Romanos 6:5-7).

Dios te justifica si mueres al pecado. Pero si no, vas a morir espiritualmente porque la vida de Dios no está en ti.

 

“Mis queridos hijos, les escribo estas cosas, para que no pequen; pero si alguno peca, tenemos un abogado que defiende nuestro caso ante el Padre. Es Jesucristo, el que es verdaderamente justo” (1 Juan 2:1).

“Pero si confesamos nuestros pecados a Dios, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Si fallas ve con el Señor, confiesa, pide perdón, y Él te va a perdonar y limpiar. No se trata de querer ser más santos que los demás, sino de recibir la bendición de Dios para nosotros.

Ceguera Innecesaria

Jesús dijo: “¿Y qué beneficio obtienes si ganas el mundo entero, pero te pierdes o destruyes a ti mismo?”. Lucas 9:25

No te sorprendas ni te sientas mal si a otros les va mejor que a ti. Eso no importa tanto como lo que Dios piensa de tu corazón.

Para terminar te quiero contar la historia de una mujer que a sus 50 años se sometió a una cirugía que le permitiría ver por primera vez. Fue ciega todo ese tiempo y, cuando finalmente pudo ver, no cabía de felicidad. Ella después contó que no sabía que hacía 20 años que era posible ser operada para darle vista: Pudo haber tenido una mejor calidad de vida desde los 30 años de edad, pero vivió con una ceguera innecesaria simplemente porque no sabía.

La libertad que Cristo nos ofrece no es sólo para vivirla quienes la hemos recibido, sino para anunciarla y ayudar a otros a ser libres también. ¿Cuántos amigos tuyos no saben que pueden ser libres de la fornicación, de las drogas, del odio, de la amargura, de la depresión?

Es hora de dar pasos hacia la verdadera libertad.

 

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Viviendo en Cristo
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