Esclavo

¿Cómo puede alguien ser esclavo y libre a la vez?

Todos obedecemos a un señor

Recuerdo una ocasión en que estaba con una de mis hijas en casa. Le explicaba en qué áreas podía jugar y en cuáles no y, sobre todo, le insistí en que no saliera a la calle. El área de juego que le ofrecí era bastante grande y ella era libre dentro de esos límites. Sin embargo, cuando la dejé, ella salió corriendo en dirección a la calle. Volteó a mirarme con una sonrisa de complacencia por haber burlado mis reglas, al tiempo que su pie tocaba el asfalto.

Todos tenemos esa naturaleza rebelde. Tenemos una tendencia a preguntar “y, ¿por qué no?” cuando nos establecen límites. Hay en nuestro corazón esa inclinación por querer hacer “lo que yo quiero”. No queremos que nos pongan límites o nos digan qué hacer. No quieres ser un esclavo. Quieres ser libre.


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Cada uno de nosotros quiere decidir qué está bien y qué no. Cada quien quiere hacer lo que quiere hacer. Esto existe desde Adán y Eva. Dios les dijo que tenían toda la vastedad del Edén para escoger los frutos que quisieran, excepto el árbol del conocimiento del bien y del mal. Al comer del fruto de éste, Eva actuó como mi hija pisando la calle y pensando para sí “¿por qué no?”.

Tener límites también nos hace libres

Esto representa un conflicto en nuestra relación con Dios. Vivir con Dios implica tener límites, buscar Su orden, seguir Su dirección, Su camino y Su manera de hacer las cosas. La vida cristiana se puede volver un conflicto permanente con Dios si queriendo ser libres, nos resistimos y luchamos contra la voluntad del Padre. Necesitamos vivir dentro de Sus límites.

Cuando le prohibí a mi hija que jugara en la calle no fue porque yo sea un padre malo, sino porque mi visión es más amplia que la de ella y porque la amo. Yo sé lo que podría pasar si ella desobedece, y no quiero que sufra. Dios es nuestro Padre y Él nos pone límites porque conoce todo. Si Él dice “no” a algo es porque no quiere que sufras. Él es Padre de misericordia y Padre de verdad. Dios es amor y te ama. Jesús dijo que el ladrón viene para robar, matar, y destruir, pero que Él ha venido para darnos vida, y vida en abundancia.

“Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jer. 29:11 Reina Valera Revisada 1960).

 

La voluntad de Dios es buena, perfecta y agradable. Él quiere llevarte a bendición, victoria, paz y libertad. El problema es que en nuestra naturaleza no vemos lo que Dios quiere para nosotros como bendición, sino como restricción. Hay cosas de las que Dios te ha dicho: “arrepiéntete, deja eso, aléjate de aquello, quita esto, estás arriesgándote”, mientras tú jugueteas con la idea de que no pasa nada si las llevas a cabo.  


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¿La vida de Dios es una vida de restricciones?

Cuando era soltero tenía un amigo que solía servir en la iglesia. De repente comenzó a admitir cosas en su vida. Con el tiempo esos permisos ocasionales se convirtieron en costumbres y su pasión por Cristo se enfrió y dejó el ministerio. Me entristeció mucho, así que decidí hablar con él para exhortarlo a regresar. Cuando terminé de hablar me respondió: “yo sé cuál es el propósito de Dios para mi vida, y no lo quiero”. Nunca voy a olvidar esas palabras. No lo he vuelto a ver. Él se alejó del Señor porque veía la vida de Dios como una vida de restricciones. Se sentía como esclavo.

Tuve un maestro que se burlaba de los cristianos. Estaba empeñado en convencer a sus alumnos de que no existen los absolutos. Según él no podía haber una sola verdad establecida por Dios, sino que esta era relativa. No se daba cuenta de la contradicción que es afirmar absolutamente que no existen los absolutos. Él no quería tomar en cuenta a Dios en su vida, y quería que tampoco nosotros lo hiciéramos.

Hay cristianos así, que se congregan, sirven y ofrendan. Pero el momento en que Dios les dice que “no” a algo, quieren discutir con Él. No quieren tomar en cuenta lo que el Señor dice en Su palabra. “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn. 8:31-32).

La verdadera libertad no es hacer lo que tú quieres, sino aquella que disfrutas dentro de los límites de bendición.

Necesitamos permanecer en la palabra de Dios, en los límites que Él nos estableció. Tal vez tú sepas cruzar esos límites porque así vivías antes de conocer a Cristo. No importa lo que hayas hecho, el día de hoy Dios te invita a que te arrepientas de eso y entres en Él, permanezcas en Sus principios, Su orden y voluntad. Entonces, dice Jesús, conocerás la verdad, y ella te hará libre. La verdadera libertad no es hacer lo que tú quieres, sino aquella que disfrutas dentro de los límites de bendición.

Cuando los judíos escucharon estas palabras de Jesús se molestaron y contestaron que ellos no necesitaban ser liberados porque nunca habían sido esclavos. Ellos pensaban en la libertad como algo meramente físico. A esto, Jesús respondió que toda persona que comete pecado, es esclavo de pecado (v. 34).

La palabra “pecado” lleva la raíz griega “amartía” que significa fallar al blanco. ¿Cuál es el blanco? La voluntad de Dios. Entonces cualquier cosa que hagas y salga del blanco de la voluntad de Dios es pecado.  


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En la carta de Pablo a los romanos (6:16-22), el apóstol explica que puedes ser esclavo del pecado o esclavo de la justicia. Lo que nos libera de la primera es la obediencia de corazón a lo que Dios ordena en Su palabra. Dios te libera no para que hagas lo que quieres, sino para que le sirvas. Si antes usabas tu cuerpo para servir al pecado, ahora siendo esclavo por amor a la obediencia a Dios, úsalo para servirle a Él.

¿Qué provecho sacaste de tu inmoralidad sexual? ¿De tu rebeldía? Ninguna. Tú sabes que cruzaste puertas que no debiste haber cruzado y ahora hasta te avergüenzas. Si ser esclavo al pecado te trajo muerte, la obediencia a Dios traerá santidad, y esto te llevará a vida eterna.

Si no eres esclavo de Dios, lo eres del pecado

Quien piensa que por no creer en Dios es libre, vive en un engaño: si no eres esclavo de Dios, lo eres del pecado. Dios es quien echa luz a tu vida y alumbra tu camino. Una vida sin Él es como andar en un cuarto a oscuras, sin fuentes de luz ni ventanas.   

Hay tres cosas que muestran que soy esclavo del pecado cuando vivo sin Dios:

1.- Estás solo

“En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef. 2:12).

Sin Dios en tu vida eres tú contra el pecado, estás por tu cuenta. Tratas de luchar con tus fuerzas limitadas, pero estás solo. No hay esperanza de salir victorioso. Sucumbes al pecado y él se enseñorea de ti.

2.- No tienes razón para vivir

Nosotros fuimos creados a la imagen de Dios. Si revisas la historia de la creación en Génesis notarás que todo lo hizo Dios con Su palabra. Pero los humanos somos únicos, cuando Dios creó al hombre se detuvo un momento y se dijo a sí mismo “hagamos al hombre a nuestra imagen”, y entonces tomó tierra, lo formó con sus manos y sopló en él aliento de vida.

Vivir para Dios te da un propósito. Por otro lado, ¿qué esperanza de vida tienes si piensas que provienes de una explosión, o de la evolución? Si la vida es nacer, crecer, reproducirte y morir, ¿qué esperanza hay en eso? Cuando llegues al final de tu vida y veas tus logros y tus metas alcanzadas, ¿de qué servirán? La Biblia enseña que la muerte no es el final, sino un paso a la vida eterna.


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Una Gran Esperanza

Una vez me tocó mucha turbulencia en un vuelo. Escuchaba gente gritando aterrorizada. La aeromoza corrió a asegurarse en su asiento, dejando el carrito de servicio. El hombre que iba a mi lado no dejaba de persignarse. En ese momento pensé en mi familia, también en el grupo de jóvenes, y me dio gusto pensar en que si moría tenía la esperanza de que me encontraría con Dios.

Cuando no tienes a Dios no hay esperanza. Sin Él en tu vida, ¿cuál es el sentido de vivir? No hay razón de ser, no encuentras plenitud, es deprimente.

Cuando vienes a Cristo, Él te da una razón de ser

Imagina una puerta de un automóvil. Sólo la puerta, separada del resto de la máquina, sin pertenecer a ella. Esa puerta podría pensar que es libre. Sin embargo, no sirve para nada. No está cumpliendo con su función, no tiene un propósito, no hay quien la abra o cierre, quien la jale o la empuje. No es parte de nada, es inútil. Muchos quieren vivir así: como auto parte, pero sin pertenecer a ningún auto, por lo cual viven sin propósito. Cuando vienes a Cristo, Él te da una razón de ser.

Dios te llamó para algo eterno. Cuando el Señor me llamó a servir de tiempo completo en el ministerio, claramente me dijo que me llamaba a sembrar Su palabra eterna en el corazón y alma eterna de otras personas. Dios tiene un propósito para ti. Cumple tu propósito.  

3.- El pecado te condena

El pecado no sólo  te controla y te esclaviza, sino que también te condena y te hunde. Sin Dios, no hay perdón. Las personas que viven sin Dios tratan de balancear la conciencia de sus pecados haciendo buenas obras. El problema es que no saben cuántas buenas obras deben hacer para deshacerse de la culpa.

Incluso dentro de la iglesia hay quienes sienten que pueden vivir en pecado y compensarlo con servicio o con ayuno. No es así. Tienes que venir a Dios y arrepentirte. Sin eso, no hay manera de superar la condenación.

Cuando Jesús habla de la muerte eterna se refiere a ella como el “lloro y el crujir de dientes” (Mt. 13:42) o como un lugar donde “el gusano de ellos no muere” (Mr. 9:44). Con esto último se refiere a la conciencia, que no te deja en paz. Esa es la tortura eterna de la condenación de saber que tuvieron la oportunidad para arrepentirse y ya no habrá más.


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En la antigua Roma, una de las condenas para los homicidas era que los amarraban cara a cara con el cuerpo de la persona que habían matado, hasta que eventualmente, también morían. Hay personas que están así, tienen su conciencia amarrada al pecado. Dios no quiere eso para ti, sino libertad. ¡En Él hay liberación, perdón y vida!

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9).

 

Leí el testimonio del vocalista de un grupo de heavy metal que conoció a Cristo. Él se dio cuenta de que a pesar de todo lo que tenía, había un vacío en su vida. Primero pensó que tal vez si dejaba las drogas se sentiría mejor. Eso hizo y aunque su calidad de vida mejoró, seguía sintiendo que algo faltaba. Finalmente conoció a Cristo y dijo “ cuando Jesús me tocó, nada se pudo comparar con eso”.

Sólo en Cristo hay esperanza. Él es quien te da valor, propósito, significado, limpieza y la esperanza de una vida eterna. Todos somos esclavos y obedecemos a un señor. Tú, ¿a quién obedeces?

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Viviendo en Cristo
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