¿Y Qué Hago con Esta Culpa?

La culpabilidad nos puede mantener atados

Es una realidad que todos hemos cargado con la culpa, el problema es cuando eso nos mantiene atados.

En todo el mundo, todas las personas luchamos y batallamos con la culpa. Te voy a contar una historia. Un verano, Lalito y su hermana fueron a visitar a su abuelita. A Lalito le encantaba jugar con la hulera. Un día, jugando con su hermana en el jardín, tiró una piedra y esa piedra le dio a la gallina de su abuelita y la mató. Entonces, por esa culpa que sentía Lalito, su hermana se comenzó a aprovechar. Lalito fue prácticamente su esclavo, con tal de no tener que confesar lo que le había hecho a la gallina.


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¿Te has sentido culpable alguna vez? ¿Estás cargando con culpas por cosas que has hecho en el pasado? Quizás son cosas que te hacen sentir mal, cosas que nadie más sabe y que recordarlas hace que te cuestiones, “¿por qué lo hice?”. Tal vez pasan los días pero la culpa no se va. Todos hemos hecho cosas que nos avergüenzan. Te encuentras en una situación en donde no lo querías hacer pero lo hiciste y te odias por eso. Te sientes mal. Al diablo le encanta usar esa culpabilidad para tenerte como esclavo, triste. Es una realidad que todos hemos cargado con la culpa, el problema es cuando eso nos mantiene atados.

“Luego oí una fuerte voz que resonaba por todo el cielo: «Por fin han llegado la salvación y el poder, el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo. Pues el acusador de nuestros hermanos —el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche— ha sido lanzado a la tierra.” Apocalipsis 12:10 NTV

El diablo es un acusador, y se la pasa recordándonos nuestros errores todo el tiempo para frustarnos y hunidrnos. Esa culpa provoca en nosotros depresión por haber fallado, y es lo que nos hace seguir cayendo en lo mismo. Lo más triste de esto es saber que fracasamos. Esto nos hace pensar que ya no tenemos fuerzas para salir adelante. ¿Sabes una cosa? Lo somos, somos culpables.

Pues todos hemos pecado; nadie puede alcanzar la meta gloriosa establecida por Dios. Romanos 3:23.

La culpabilidad sin resolver es un obstáculo

La culpabilidad es un sentimiento común en todos nosotros, pero es algo que, si no resolvemos, no nos va a dejar avanzar. La culpa no nos permite vivir la plenitud en Cristo ¡Somos esclavos! Evadirla nos va a causar más daño. ¿Sabes que dicen que hay gente que llega hasta a enfermarse a causa de la culpa? Un psiquiatra muy reconocido dijo que, si él pudiera lograr que sus pacientes fueran libres de sus culpas, el 75% serían prácticamente sanados. La culpa es algo tan fuerte y David lo sabía, él lo vivió en carne propia.

“Mientras callé, se envejecieron mis huesos. En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano.” Salmo 32:3,4 RVR1960

¿Cuántos de nosotros hemos perdido el verdor? A más de uno se le han secado las hojas. Muchos han perdido ese fuego a causa de la condenación, el fracaso, el sentir que podías y luego caer. Fue eso lo que hizo que David perdiera sus fuerzas.

Conflicto Interno

El mundo dice que te adaptes a lo que sientes y lo que haces para que no te sientas mal, pero Dios nos dice que nos arrepintamos.

Los que estudian acerca del comportamiento tienen un concepto: disonancia cognitiva. Ésta hace referencia a la tensión o desarmonía interna del sistema de ideas, creencias y emociones que percibe una persona al tener dos ideas opuestas. Es decir, se refiere al término de incompatibilidad de dos cogniciones simultáneas. En pocas palabras es una lucha entre lo que haces y lo que piensas; entre lo que haces y lo que deseas hacer. Lo llaman una falta de paz porque hay una lucha entre lo que haces y lo que quieres.

La reacción natural es deshacerse de esa disonancia para restaurar la paz y sentirse bien. Entonces, hay de dos sopas, o cambias lo que haces para que se ajuste a lo que piensas, o cambias lo que piensas para que se acomode a lo que haces. Pero ¿qué dice la Biblia?

El camino correcto para enfrentar estas cosas en nuestra vida es el arrepentimiento. Ese es el ganchito de donde tenemos que agarrarnos. El mundo dice que te adaptes a lo que sientes y lo que haces para que no te sientas mal, pero Dios nos dice que nos arrepintamos. Tenemos que cambiar lo que sentimos y pensamos, no para sentirnos bien con nosotros mismos sino para agradarle a Él. A veces se nos olvida eso, olvidamos que no se trata de nosotros, ¡se trata de Él! Fuimos creados para vivir para Dios y agradarle ¿Lo estás agradando?

Cuando llegamos a este punto del arrepentimiento nos topamos con otra disonancia cognitiva: tenemos que aceptar que estamos mal, pero eso no nos gusta y no queremos reconocer que estamos equivocados. No nos gusta tomar esa responsabilidad y, si somos confrontados, preferimos evadirla. El fundamento y el motor del arrepentimiento es el reconocimiento. No te puedes arrepentir si no reconoces. Necesito enfrentarme a mi mismo, soltarlo y aceptar que estoy mal.

La culpabilidad puede ser buena

Había una mujer que decía, “No deberíamos sentirnos culpables. Está mal”. Ella decía que la culpabilidad era resultado de la socialización. Su teoría es que te sientes culpable porque tus padres te han hecho sentir culpable al señalarte qué está mal. Tus padres te han dicho qué está mal porque tus abuelos así se los dijeron a ellos porque tus bisabuelos así se los enseñaron, etc. Decía que si no fuera por eso o por la religión, tú no te sentirías culpable.

Sin embargo, un escritor cristiano escribía: “La culpabilidad es buena”. Sentirte mal por lo que haces es bueno, porque un niño a quien no le importa prender fuego a un animal, o una persona que no siente nada al abusar de un niño, están en graves problemas. Han perdido la sensibilidad y alguien así está expuesto porque, si no hay remordimiento ni culpa, las consecuencias serán aún más dolorosas.

La culpabilidad es buena porque te lleva al arrepentimiento. Esa culpa ya vimos que en las manos equivocadas nos hace daño, pero podemos transformarla en algo bueno. Se vuelve como una señal de alerta, como los foquitos del carro que te avisan cuándo revisar el motor. Lo peor que podemos hacer es tapar la culpa con el tipico “no pasa nada, es un proceso, al rato ya no me va a importar” y, por no escuchar esa culpa o verla como señal de alerta, no hacemos algo al respecto. Te engañas y quieres pensar que no importa pero ¡sí importa! Si no lo atiendes va a pasar un accidente, vamos a explotar.

Hay que reconocer nuestros errores

Vivimos en una sociedad que echa culpas y el problema de culpar al otro es que no funciona.

Buscamos culpables, como Adán, que culpó a Eva por comer del fruto prohibido. Eva fue engañada pero Adán tomó la decisión. Y todos somos Adán (incluyendo a las mujeres), porque nadie nos dobla el brazo para tomar decisiones equivocadas. Adán culpó a Dios por la mujer que le dio, y en ningún momento reconoció: “Yo fui, yo estoy mal”.

Nosotros somos iguales, eso pasa hoy en día con los jóvenes que culpan a los padres. Escuchamos hoy en día que “los criminales son resultado de una mala educación de los padres”. En la cárcel la mayoría te van a decir que están ahí porque fueron engañados, extorsionados o porque hubo malos entendidos. Son pocos los que dicen “estoy aquí porque soy culpable”.

Vivimos en una sociedad que echa culpas y el problema de culpar al otro es que no funciona. Eso no nos ayuda a resolver nuestra culpa ni nos ayuda a crecer o avanzar, porque nunca vamos a poder crecer ni ser libres hasta que lo reconozcamos. Por eso Dios nos dio conciencia, para saber y sentir qué está mal. Si no lo arreglas a la manera de Dios, no lo vas a resolver nunca. Solo hay una manera: necesito confesar delante de Dios mi condición.

“Los que encubren sus pecados no prosperarán, pero si los confiesan y los abandonan, recibirán misericordia.” Proverbios 28:13

“Finalmente te confesé todos mis pecados y ya no intenté ocultar mi culpa. Me dije: «Le confesaré mis rebeliones al Señor», ¡y tú me perdonaste! Toda mi culpa desapareció.” Salmos 32:5.

¿Está bien venir delante de Dios y echar culpas? Lo correcto sería decir: “estoy aquí porque yo me metí en esto, y el diablo me está ganando. ¡Ayúdame! Estoy mal, estoy con dolor”. La confesión a Dios es poderosa para sanar la culpa sólo si reconoces toda la verdad. Esto funciona porque Él así lo diseñó. Tengo que arrepentirme, tengo que cortar, tengo que dejar esto.

¿Se acuerdan de Lalito? Pues él estaba lavando platos (por órdenes de su hermana si no ella lo delataría), deprimido, pensando en lo que había hecho. Tenía miedo de ir con su abuelita pero un día se armó de valor, se acercó y finalmente le dijo, “Abuelita, me eché a tu gallinita”. La abuelita le dijo: “Ya sabía Lalito, te vi desde la ventana en el mismo momento en que lo hiciste. Pero porque te amo, te perdoné. Sólo estaba esperando ver cuánto tiempo aguantabas así, con tu hermana tratándote como esclavo”.

Dios nos vio por la ventana cuando cometimos esos errores. Él está esperando a ver cuánto tiempo vamos a permitir que el diablo nos trate como esclavos. Dios nos perdonó desde antes de nacer. Él está ahí, esperando a ver cuándo vamos a vivir en Su perdón una vez más. La culpa esclavizó a Lalito, pero confesarlo lo liberó. Dios nos está esperando.

“Pero si confesamos nuestros pecados a Dios, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.” 1 Juan 1:9.

Aceptemos delante de Dios que hemos hecho mal y que la culpa es nuestra. Tal vez el que no tiene a Cristo puede encontrar paz temporal al confesar, pero quienes tenemos a Cristo podemos encontrar paz eterna por Su sangre.

“Pues hemos muerto y fuimos sepultados con Cristo mediante el bautismo; y tal como Cristo fue levantado de los muertos por el poder glorioso del Padre, ahora nosotros también podemos vivir una vida nueva. Dado que fuimos unidos a él en su muerte, también seremos resucitados como él. Sabemos que nuestro antiguo ser pecaminoso fue crucificado con Cristo para que el pecado perdiera su poder en nuestra vida. Ya no somos esclavos del pecado. Pues, cuando morimos con Cristo, fuimos liberados del poder del pecado;”
Romanos 6:4-7

“El agua del diluvio simboliza el bautismo que ahora los salva a ustedes —no por quitarles la suciedad del cuerpo, sino porque responden a Dios con una conciencia limpia— y es eficaz por la resurrección de Jesucristo.” 1 Pedro 3:21

Si bien es cierto que mientras estemos en este cuerpo seguiremos viviendo en medio de tentaciones, debemos resistirlas. La sangre de Cristo nos da una conciencia limpia para poder vivir en la plenitud de vida que Cristo tiene para nosotros.

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Viviendo en Cristo
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